La Semana Mayor es para cristianos y católicos la rememoración de los trascendentales acontecimientos vinculados a los últimos días de la vida de Jesús. Vanguardia.com reconstruye el irregular juicio y la posterior condena, que concluyó con la crucifixión del enviado de Dios. Veamos:

Aquel Domingo de Ramos, con cierta nostalgia, aún se ven las calles empedradas de Jerusalén, y también laten los corazones creyentes que cada año, en Semana Santa, repasan el juicio más famoso y cuestionado de la historia.
Hace poco más de dos mil años, -dicen que 2025 para ser más exactos- un hombre llamado Jesús y nacido en un rincón modesto de Galilea, caminó hacia su destino con la mirada fija y sin esquivar las piedras. Lo acompañaban multitudes, pero no abogados. Lo rodeaban clamores, pero no hubo defensa. ¿Quién fue, entonces, el verdadero responsable de su muerte? Aquí hacemos una recopilación de los testigos, los sospechosos y sobre todo los implicados en aquel histórico juicio. Veamos:

Las primeras señales

Todo empezó con gestos. Jesús no se escondía, al contrario: se hacía ver. Tocaba a los enfermos, sanaba a los invisibles y hablaba de un Reino que no tenía palacio ni ejército. En medio de una sociedad donde religión y poder eran dos caras de la misma moneda, esto resultaba francamente peligroso.
Aquella tarde en que volteó las mesas de los cambistas en el Templo, muchos supieron que su final no estaba lejos. Allí no solo se alzó contra la codicia de unos mercaderes: se enfrentó al corazón económico y simbólico del poder religioso. Y eso, en cualquier época, cuesta caro.
Los sacerdotes: Caifás y Anás

Caifás, el sumo sacerdote, era un hombre hábil. Su suegro, Anás, había ocupado el mismo cargo antes, y aún manejaba los hilos. Entre ambos, manejaban la política interna del Sanedrín como un ajedrez, y Jesús, por carismático que fuera, no era más que un peón que debía salir del tablero.
Ellos no portaron clavos, pero armaron la escena. Convocaron una reunión irregular, de noche, sin testigos fiables. Para muchos expertos de hoy, ese consejo fue el equivalente a una conspiración judicial. Lo que querían no era justicia. Era un silencio.
Judas: el rostro de la traición

Judas es una figura compleja. No fue solo un traidor de manual; fue también un hombre atormentado. Nadie traiciona sin antes haber creído. Lo conocían como el encargado del dinero entre los Doce. Fue él quien, por el precio de treinta monedas, les dio a los sacerdotes la ubicación exacta del Nazareno.
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No lo condenó, pero les abrió la puerta. Como quien pone en marcha una maquinaria sin medir las consecuencias. Como tantos en la historia que se convierten en piezas útiles de algo más grande que ellos.
Herodes: el que miró hacia otro lado

A Jesús lo llevaron ante Herodes porque era galileo. Y Herodes, que esperaba ver un truco, un milagro, un espectáculo, solo recibió silencio. Eso lo enfureció. Lo vistió con una túnica elegante -una burla disfrazada de gesto- y lo devolvió a Pilato. Lo suyo fue una omisión vestida de neutralidad. Un “esto no me toca”, algo tan actual en estos tiempos para muchos políticos, como los silencios de tantos funcionarios ante la injusticia. Cuántos alcaldes miran para otro lado hoy día.
Poncio Pilato: el que se lavó las manos

Poncio Pilato fue el juez. Tenía el poder de detener todo aquello. Y lo supo. Pero también era político. Y sabía que cualquier decisión contraria al clamor de la muchedumbre podía costarle su cargo… o su cabeza. Entonces se lavó las manos. Literalmente. Y ese gesto, que pretendía descargar su conciencia, quedó para siempre como símbolo de la indiferencia. Pilato no crucificó a Jesús con sus manos. Lo hizo con su miedo. Y eso, en tiempos de ahora, suena demasiado conocido.
La multitud

No eran todos los judíos. Era una parte del pueblo, incitada, manipulada, llevada por el impulso y por el temor. Gritaban: “¡Crucifícalo!”. Y pedían a Barrabás, un bandido, a cambio de Jesús. A veces los pueblos, cuando no tienen información ni líderes justos, eligen mal. ¿Responsables? En parte, sí. Pero no solos. Porque la masa es como el río: fluye donde la tierra se inclina.
¿Y Jesús?

Jesús no se defendió, ni levantó la levantó la voz, tampoco se retractó. Algunos dicen que eso lo hace responsable de su propia muerte. Pero lo cierto es que su silencio fue su forma de resistir. No fue un mártir accidental, fue un hombre convencido. No murió por error, sino por fidelidad a lo que creía. Caminó hacia la cruz con una dignidad que todavía hoy nos deja sin palabras.
Un juicio que sigue vigente

Si ese juicio ocurriera hoy, probablemente terminaría en la Corte Internacional de Derechos Humanos. No hubo pruebas, no hubo defensa, hubo presión indebida, parcialidad, manipulación política, y hasta prevaricato por omisión. Y sin embargo, Jesús fue condenado no por sus delitos -no los había- sino por sus ideas.
Jesús resucitó

La historia tiene sus formas de ajustar cuentas: Judas se ahorcó, Pilato terminó suicidándose en Galia, Caifás y Anás enloquecieron y Herodes fue desterrado. Pero Jesús, según la fe cristiana, no terminó en la tumba. Resucitó. Y desde entonces, su causa sigue viva, no en expedientes judiciales, sino en el corazón de millones.
En esta Semana Santa, tal vez valga la pena no preguntarse solamente quién lo mató, sino quién lo sigue condenando cada día. Porque aún hoy, como entonces, el poder se incomoda con la verdad. Y muchas veces, el silencio vuelve a ser la única defensa de los justos.

















