jueves 16 de enero de 2020 - 12:00 AM

Pidámosle a Dios claridad para saber qué hacer

Hay muchas situaciones en las que Dios es como una lámpara para nuestro pie. Cada vez que tengamos alguna duda sobre la vida misma, pidámosle a Él la claridad suficiente para dar los pasos correctos.
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Cada quien tiene su propia forma de ver las situaciones difíciles que llegan a su mundo: Hay quienes encaran los problemas con dignidad; otros asumen los roles de las víctimas y se deprimen; están los que huyen de todo, en fin...

De manera desafortunada, ante las adversidades, casi siempre vemos solo nuestras angustias y esto nos impide ver con claridad los propósitos que tales situaciones nos traen.

¡Qué tal confiar en Dios!

Él es el Ser más cualificado para darnos la guía que requerimos. No en vano nos conoce mejor que nadie, sabe muy bien cómo nos extraviamos y también tiene claro lo que necesitamos para volver al buen camino.

Si no acudimos a Él y permitimos que la angustia, el miedo y la ansiedad nos confundan, se enfriarán nuestra confianza y esperanza lo que al final nos hará trastabillar.

Cuando yo atravieso por momentos difíciles o tengo alguna incertidumbre, siempre le pido a Dios serenidad y claridad para saber actuar.

No es un tema de cerrar los ojos y listo. El quid del asunto consiste en tener un espacio íntimo con el Creador, no para pedirle que todo se me solucione en un santiamén, sino para me dé claridad y tenga opciones de dilucidar la situación.

Cada vez que lo hago, más allá de que las cosas se me resuelvan, comienzo a ver iluminado mi camino y sé que daré los pasos correctos.

Obviamente el asunto va más allá de una luz en el sendero. Para alcanzar su Bendición he aprendido a discernir el significado de las cosas que pasan a mi alrededor.

A veces es la intuición la que me llega y la que termina indicándome la ruta a seguir.

¡Claro! Todo va acompañado de obras, pues sé que no me puedo quedar sentado ni mucho menos cruzado de brazos.

El discernimiento me permite aguzar en todo momento lo que sucede y al mismo tiempo confiar en la capacidad que Dios me da para salir del atolladero en el que me encuentro.

Además de sentir su Misericordia, tras una pequeña plegaria, en mi caso, yo siento que mis pensamientos hacia Él y mi propio proceder comienzan a guardar coherencia con mi sentir y, por supuesto, puedo dar fe de que Él está a mi alrededor y que siempre se encuentra custodiándome.

Dios siempre actúa para bien y eso nos debe mover a reconocer el lugar que Él se merece en nuestra cotidianidad.

La verdad es que, a través de sus acciones, Jesús nos habla de su poder; pero de igual forma nos recuerda que tenemos que superarnos.

La reflexión de hoy le apuesta a comprender que Dios siempre toma nuestras angustias en sus manos y nos cobija.

De hecho, no se mueve una sola hoja de un árbol ni se enciende una vela sin que Él lo decida.

Las obras de Dios son buenas y no tienen precio. Si acude a su Santo Nombre, usted sabrá que todo lo que le ocurre en la vida será conveniente y útil. El corazón, y no la razón, es quien siente a Dios.

Con su respectiva Bendición usted entiende que no son las circunstancias del tiempo, sino la forma como se afrontan los temporales las que garantizan su bienestar.

Así Él nos parezca mudo y pensemos que no trata de arreglar las cosas; en cada paso de nuestra vida siempre vemos la amistosa cara del Creador.

Lo anterior sin contar que su abrigo está en cada uno de nuestros corazones.

¡No nos alejemos de Él!

Si podemos creer que Cristo está actuando y no está lejos de nosotros cuando pasamos aflicciones, podemos esperar bendiciones que solo vienen a quienes tenemos una verdadera fe.

EL CASO DE HOY

Pidámosle a Dios claridad para saber qué hacer

Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. Pero con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. ¿Cuáles son esos temores que lo asfixian en la actualidad? Háblenos de ellos para reflexionar al respecto en esta página. Envíe su testimonio a Euclides Kilô Ardila al siguiente correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, él mismo le responderá. Veamos el caso de hoy:

Testimonio: “Tuve una gran discusión con alguien que aprecio mucho; de hecho, lo considero como mi mejor amigo. No obstante, me pasé de la raya con el tono de voz. La verdad me enojo por todo y a veces estallo más de la cuenta; finalmente él ‘pagó los platos’. Sé que en este tipo de cosas es más fuerte el aprecio que el orgullo; pero le confieso que no sé cómo hablarle. Quiero leer en su página unas palabras de aliento sobre mi caso, porque estoy seguro de que también les caerían bien a otros que pasen por una situación similar a la mía. Gracias por atender mi caso”.

Respuesta: ¡Sin duda la amistad debe ser más fuerte que el orgullo! Muchas veces cortamos de nuestra vida a seres maravillosos que nos han dado lo mejor, solo por enojos que si los analizáramos bien no tendrían razón de ser.

Antes de sugerirle qué hacer con su amigo, permítame hablar de las rabias que le dan.

Todos nos enojamos, pero la furia fuera de control no es buena para quienes se encuentren a su alrededor e incluso puede ser dañina para su propio organismo. Aprenda a lidiar con el estrés y haga ejercicios para evitar salirse de casillas.

Ahora bien, como veo que admite que usted fue quien se equivocó, es fundamental pedir disculpas. ¡Es tan sencillo y tan básico como eso!

Tenga en cuenta, eso sí, que su amigo puede no estar listo para hacer las paces, especialmente si la discusión le ha dejado marcas profundas.

Es decir, le corresponde darle tiempo para que ambos estén realmente disponibles y tranquilos para lidiar con este duro momento. Hacer la paz es un regalo, no una obligación.

Independiente de lo que pasó, los dos deben entender que la cercanía, el aprecio, los buenos momentos y en general las cosas agradables que han cimentado la amistad pesan más que la aciaga discusión.

No tema pedirle que se vean para que aclaren las cosas. Tampoco tema ser usted mismo y mostrarse tal cual es; pero sin rabias.

Hágale entender cuáles fueron las razones para que pasara lo que ocurrió, pero recálquele la importancia y el valor de su relación.

Exprésele sus emociones y lo importante que es para usted, haga que entienda lo que siente en su corazón y que, por un disgusto, no puede perder su amistad. Le recalco: ¡Sea usted mismo! Para hacer la paz, el aspecto emocional es mucho más importante que las explicaciones de lo que sucedió a un nivel racional.

Ojo: Siempre debe blindarse para que el alcance de sus palabras no lastime ni a su amigo ni a ninguna otra persona.

REFLEXIONES SUELTAS

Pidámosle a Dios claridad para saber qué hacer

* Agradezca por las noches que se vuelven mañanas, por los amigos que se convierten en familias, por los sueños que se hacen realidad, por las dificultades que se traducen en oportunidades y por las bendiciones que siempre llegan del cielo.

* Pueden cuestionar sus credenciales y sus títulos; otros buscarán todo tipo de formas para restarle valor a su vida; no obstante, lo que está dentro de usted nadie se lo puede quitar. Le recomiendo ser feliz a su manera, pues la felicidad no es lo que los demás argumentan sino lo que a usted lo hace sentir pleno.

* Propósito: Que su meta hoy sea ganarle a su mejor excusa.

* Nada dura para siempre, ni el dolor ni la alegría misma. Todo en la vida es aprendizaje y la clave es seguir mirando hacia el frente.

* La falta de amor es la peor de todas las pobrezas. ¿Qué tan ‘millonario’ es

* ¡Arriésguese! Casi siempre todo lo bueno comienza con un poco de miedo.

* Un sano ejercicio para el alma es inclinarse para ayudar a otros a levantarse.

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