Entre pinceles, murales y enseñanzas, Esther López Barbosa ha tejido una vida donde el arte no solo se crea, sino que se habita. Su obra, marcada por la naturaleza, la docencia y la gestión cultural, ha dejado huellas en generaciones que ven en el color y la forma un camino para comprender el mundo.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Hablar de Esther López Barbosa es como entrar en un bosque donde la luz juega con las sombras y cada hoja cuenta una historia. Nacida en San Gil, Santander, en 1956, su vida ha sido un tapiz tejido con hilos de creación, enseñanza y gestión cultural. En su voz está presente la certeza de quien ha encontrado en el arte no solo un oficio, sino un lenguaje para habitar el mundo. Lea también: Ligia María del Carmen García León: el arte de servir en Santander
Desde niña, el arte la rodeaba. No venía de una estirpe de artistas, pero sí de una familia con una sensibilidad especial hacia la música, la literatura y la naturaleza. En su infancia, todo parecía indicar que su camino sería diferente, hasta que el arte la encontró y ella decidió entregarse. “Me parece que todo ser humano que se acerca al arte tiene un camino mucho más amplio para vivir”, dice con la serenidad de quien ha aprendido a leer la vida con pinceladas.

Su mayor reto ha sido el equilibrio entre la creación y la familia. Casada con el también artista Máximo Flórez, formaron un hogar donde el arte no solo era trabajo, sino también cimiento y puente. “La familia siempre ha sido mi prioridad y no es fácil tener las dos actividades unidas. Recuerdo cuando mis hijos eran niños y los llevaba a exposiciones; la gente se sorprendía porque en esa época los niños no se integraban a las actividades artísticas. Para mí era fundamental”, relata con una sonrisa.
Pero no todo en su camino ha sido armonía. Años de entrega a la cerámica le trajeron una batalla inesperada: la pérdida temporal de su voz por la exposición a materiales tóxicos. “Fue un momento difícil porque no quería aceptar que la cerámica me estaba afectando. Los médicos me decían que dejara de trabajar con ciertos materiales para ver si mejoraba, y fue Máximo quien me ayudó a tomar la decisión de parar. Fue duro, pero me llevó a redescubrir la naturaleza y a volver a mirar el mundo con ojos de niña”, recuerda.

Arte, enseñanza y raíces compartidas
La docencia ha sido otra de sus pasiones. Desde la Corporación Educativa Itae hasta la Universidad Autónoma de Bucaramanga, ha formado a generaciones de estudiantes. “Cuando uno educa en el arte, no solo está enseñando técnicas, está sembrando creatividad y sensibilidad en las personas. Eso es algo que les queda para siempre”, afirma.
Su labor como gestora cultural ha dejado huella. Cofundadora de la Galería Máximo Flórez y coordinadora de proyectos como “Grandes Maestros de la Plástica Colombiana”, siempre ha defendido que el arte es un bien común. “Siempre he creído que el arte debe estar al alcance de todos. Me gusta crear espacios donde los artistas puedan mostrar su trabajo y donde la comunidad pueda acercarse al arte de una manera natural”, comenta.
Su obra muralista es un testimonio de su visión del arte como narrador del tiempo. Las Musas en el Instituto Municipal de Cultura de Bucaramanga y Los Cuatro Elementos en la Universidad Industrial de Santander son dos de sus piezas más representativas. “Estos murales no son solo decoración; cuentan historias, transmiten mensajes. Me gusta pensar que las personas que los ven pueden encontrar en ellos algo que los conecte con su propia vida”, dice.

El mural Los Cuatro Elementos, ubicado en la Escuela de Ingeniería Química de la Universidad Industrial de Santander (UIS), es una obra en cerámica que exalta la importancia de la química en la humanidad. Fue encargado en 1998 como homenaje a la disciplina y su impacto en la transformación del entorno.
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Pero quizá su proyecto más íntimo sea La Mesita de Lunes, un acto de conexión con el mundo que comenzó hace más de 18 años. Cada semana, envía una fotografía acompañada de una frase, una pausa en medio de la prisa cotidiana. “Lo que comenzó como una manera de comunicarme con mi familia, se ha convertido en una red de intercambio con personas de diversas partes del mundo. Me gusta pensar que, a través de una imagen y unas palabras, podemos sentirnos más cerca unos de otros”, expresa.
Para Esther López Barbosa, el arte es un puente, una semilla, un gesto cotidiano. “El arte es acción y práctica. Está en cómo nos expresamos, en cómo nos relacionamos con el mundo. No se trata solo de crear objetos, sino de crear experiencias, de transformar la realidad”, concluye. Y en su mirada, en su voz recuperada, se siente la certeza de que su legado no es solo materia, sino luz en movimiento.















