Las Santandereanas
Lunes 02 de febrero de 2026 - 08:21 PM

Cristina Díaz: la bumanguesa que le cuenta sobre Santander al mundo

De niña hacía libros con hojas sobrantes; de adulta entendió que el Derecho no le alcanzaba para contar lo que veía en el país. Hoy, Cristina Díaz convierte ríos, memoria y terquedad santandereana en proyectos culturales que ponen a los artistas y a Santander en el centro del escenario.

Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA
Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Paola Esteban

Cristina Díaz no empezó coleccionando figuritas. Empezó coleccionando papel.

Mientras otros niños llenaban álbumes con laminitas, ella juntaba las hojas que le quedaban en los cuadernos del colegio y hacía libros. Libros de verdad, de esos que se arman con paciencia y terquedad infantil. “Yo no hacía los álbumes, dice, yo cogía cuadernos del colegio y las hojas que me quedaban y hacía libros”.

Eran cuentos “muy malos”, se ríe hoy, pero en esa torpeza temprana ya estaba su brújula: la necesidad de transformar lo cotidiano en relato. “Contaba cosas de lo que yo veía, de mi familia, de mi papá… hacía historias con gente que yo conocía”. Y entonces aparece una imagen que parece salida de un cuaderno rayado: “los siete naritos”, sus primos convertidos en personajes, su casa convertida en escenario. Cristina todavía no lo sabía, pero estaba ensayando lo que haría toda la vida: mirar una escena común y darle estructura, voz, sentido.

Su infancia transcurrió en Bucaramanga, donde estudió hasta los 12 años. Pasó por varios colegios, San Pedro, la Normal, la Presentación, en parte por una razón muy de casa: es gemela y a los gemelos los comparan sin misericordia. “Tú sabes que los hermanos gemelos los comparan muchísimo”, cuenta. Intentaron separarlos para evitar el espejo permanente, aunque al final coincidieron un tiempo.

De esa etapa, Cristina no se queda con la foto escolar sino con el movimiento: los domingos de deporte, la ciudad recorrida en bicicleta, los viajes a Zapatoca y Barichara, el descubrimiento de un lugar que todavía le cambia el tono de voz cuando lo nombra: Parque Gallineral.

Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA
Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA

“Marcó mi vida completamente”, dice. Y explica por qué: por el Río Fonce. “Creo que por eso empecé a amar tanto los ríos”. No lo dice como quien presume de paisajes. Lo dice como quien reconoce una marca. En su historia, los ríos no son un detalle: son una forma de entender el mundo.

A finales de los noventa, en la época dura, Cristina se fue a Bogotá. Lo cuenta en una frase corta, con ese tono de quienes vivieron la década y aprendieron a no dramatizar lo que fue rutina: “por cosas de seguridad”.

Cambiar de ciudad a esa edad es como cambiar de piel. Bogotá impone otro aire, otras distancias, otra manera de sobrevivir. Ella siguió estudiando. Se metió de lleno en Derecho, avanzó buena parte de la carrera en la Nacional y terminó en Universidad de los Andes gracias a una beca.

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La beca, en su relato, no suena a medalla: suena a puerta. A un “sí” que le amplió el mapa.

Luego vinieron los años de docencia, de estudiar mientras enseñaba. Cristina fue profesora en varias universidades y terminó su doctorado en Universidad Externado de Colombia. Pero lo interesante no es el currículum: es el giro. Su doctorado no se quedó en códigos y sentencias. Se fue hacia una obsesión rara y luminosa: el cruce entre Derecho y literatura, las narraciones de derechos humanos, la estética de lo público.

Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA
Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA

“Lo público”, para ella, no es solo un parque o una entidad. Lo público es una energía: carnavales, festivales, alegría cotidiana; una experiencia que puede ocurrir en un museo, sí, pero también en un salón comunal de barrio. Ese enfoque no fue teoría: fue premonición.

En 2004 le encargaron dirigir un proyecto de extensión académica en Universidad Nacional de Colombia: siete escuelas de formación artística. Y cuando lo cuenta, uno siente que ahí se encendió una chispa que no se ha apagado.

“Yo llevaba a los profesores… a las localidades de Bogotá para organizar los profesores locales y hacía todo lo que hago ahora, pero en las localidades… en los salones comunales”. Habla de danza contemporánea con adultos mayores, de procesos que no eran “talleres” aislados sino escuela, continuidad, comunidad. La universidad ponía incluso elementos básicos para que el cuerpo pudiera entrar a escena con dignidad, y al final todo desembocaba en una presentación en el Teatro León de Greiff.

“Era como antes de los realities”, dice: la gente iba a las casas, se enteraba, acompañaba. Había expectativa, ensayo, nervios, orgullo. El arte como hecho social, no como lujo.

En paralelo, Cristina seguía haciendo lo que hacía desde niña: libros. Montó seminarios como “aprender a emprender” y “saberes y sabores”, donde la memoria de las familias se volvía escritura: “las algas aromáticas de todas las familias de la localidad… era hacer libros con esas historias personales”. La escena se repite: papel, voces, relato.

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Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA
Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA

El día en que el Derecho se le quedó corto

El momento más decisivo de su carrera no llegó en una ceremonia ni en un ascenso. Llegó en el campo, en un territorio donde el Estado se vuelve una frase difícil.

Cristina viajó a Putumayo para capacitar en restitución de tierras. “Me tocó ir al Putumayo… capacitar al ejército y a la policía, a la defensoría del pueblo… para poder hacer la restitución”, recuerda. Manuales, rutas de cumplimiento, derechos que en el papel parecen claros y en la práctica se vuelven laberinto.

Y en medio de esa misión, el paisaje le cambió el cuerpo. Habla de una maloca “increíble”. Habla del Río Putumayo como una fuerza que no se parece a nada. Lo compara con el Río Amazonas, que para ella es calmo, casi mar. El Putumayo, en cambio, es una corriente que empuja.

“Eso me cambió, porque yo dije: claro, no estoy por el lugar que no es, porque no le puedo contar a nadie lo que veo… lo que es el país”.

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Ahí entendió algo que suena brutal, pero es honesto: su oficio jurídico no le permitía contar. Sentía que estaba “bordando”: un trabajo valioso, paciente, necesario. Pero también sintió que había gente que bordaba mejor. Y que lo que ella tenía, su mirada, su capacidad de traducir lo real en historia, se estaba desperdiciando.

Entonces cambió la pregunta: si el Derecho abre puertas, ¿por qué no usar esas puertas para los artistas locales? “Necesito que tengan esos espacios que tienen los abogados”, dice, y remata con una idea que define su vida: “la estética sí va a recrear ese momento”.

En otras palabras: el arte también puede hacer justicia. Porque el arte puede mostrar lo que un informe no alcanza.

Luego vino otra sacudida: su libro sobre tierras se leyó más de lo que esperaba. Llegó a lugares impensados. “Llegó al Papa”, dice. La llamaron medios como la BBC. Y ese eco internacional la obligó a mirarse.

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“No hacía libros para que los leyera todo el mundo”, confiesa. Los hacía para gente especializada, para quienes trabajan en esos problemas. Pero ocurrió lo contrario: el libro más difícil se volvió el más leído. Y ahí entendió que debía encontrar su voz verdadera.

Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA
Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA

“Yo sentí como que yo tenía un disfraz”, dice.

Por dentro, veía el mundo con arte, con bohemia, con color. Por fuera, cuando hablaba desde el registro jurídico, sonaba como “una foto blanco y negro”. Y soltó una frase que no tiene vuelta atrás: “La vida real es la de la bohemia, no es la de jurídica”.

No es un desprecio a la ley. Es una revelación: su realidad, la que la mueve, era estética.

En 2020 el mundo se cerró. Para Cristina, curiosamente, se abrió una rendija.

Mientras otros se paralizaban, ella escribió correos. Tocó puertas. Se atrevió a pedir lo que siempre soñó: llegar a Casa de América, un espacio clave para la cultura iberoamericana. Y como nadie estaba viajando, como las agendas estaban vacías, sucedió lo improbable: le respondieron.

En enero de 2021, cuando todavía se olía el miedo en los pasillos, ella estaba allá, abriendo programación cultural tras la pandemia, con público de mascarilla y una emoción que describe casi como escena colectiva: gente llorando, gritando, volviendo al teatro como quien vuelve a respirar.

Nombra con orgullo al Ballet Latino de Virginia y a Ana King, a quien identifica como hija de Dora Olarte Barragán. “¡Puros santandereanos!”, insiste. Y no es regionalismo vacío: es la emoción de ver su origen empujando una puerta internacional.

Cuando le preguntan qué tiene la mujer santandereana que le ha servido en el camino, Cristina no se pone filosófica. Se va a lo directo: “somos capaces de ser tercas”. Y luego lo traduce a su idioma: valentía.

Cuenta que una gira en México con el ballet de Sonia Osorio se canceló por razones de seguridad. Ya había visto su publicidad en Ciudad de México, ya existía la ilusión materializada en un pendón. De repente, le dijeron: “No se puede”.

“Fue un golpe… un puño en la cara”, dice. Y mientras todos esperaban que se derrumbara, ella respondió con una frase que parece de piedra: “En junio estoy en México”.

No lo dijo como deseo. Lo dijo como plan. Como destino.

Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA
Cristina Díaz, artista y escritora bumanguesa. Foto suministrada/VANGUARDIA

“Yo nunca miro los resultados… lo más importante es el proceso”, explica. Para Cristina, la victoria no es solo llegar. Es sostener el camino, aprender a moverse, conocer a la gente que hace posible lo imposible: logística, equipos, alianzas, comunidad.

Cristina no habla de legado como estatua. Habla de legado como grupo. “Quiero que recuerden que hay no una persona sino un grupo”, dice.

Trae a la conversación el Río Magdalena, lo conecta con su libro El Cielo del Guacahayo y menciona cómo los artistas que se unen a sus giras terminan sintiéndose “más santanderianos”, incluso si nacieron lejos. Porque, según ella, Santander no es solo un lugar: es una manera de mirar. “Empiezan a ver el país con los ojos de nuestros colores naranjas, de nuestra tierra, de la hormiga culona… la gente valora esa autenticidad”.

En su cabeza, el territorio se vuelve escena. Nombra el Cañón del Chicamocha, menciona grabaciones en Cepitá, habla del sueño de llevar ese paisaje a un escenario grande, de verlo dialogar con el Teatro Santander, de construir una narrativa donde el arte santandereano deje de ser subtexto.

Y en el cierre, como una frase que explica también por qué este perfil tiene sentido en un medio, Cristina dice lo esencial: “No hay ningún artista sin público”. Lo dice mirando de frente al papel de la prensa. Y agradece sin adornos: los medios “son los que van a lograr esa traslación del espíritu del trabajo hecho con el amor que lo hacemos”.

Publicado por: Paola Esteban

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