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Editorial
Miércoles 20 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Escenario de terror cotidiano

Publicado por: Editorial

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suelen verse con frialdad matemática o estadística, pero, en la medida en que han ido creciendo, las cifras de violencia intrafamiliar en Santander deben verse con un sentido más personal, más integral, pues son el reflejo de una sociedad que ha permitido que, en muchos casos, el hogar se convierta en un escenario de terror cotidiano. Por eso, este problema debe verse desde perspectivas más amplias y también debe tratarse con análisis que lleguen hasta las raíces culturales y sociológicas del resquebrajamiento familiar en nuestra región.

Históricamente, la sociedad santandereana se edificó sobre estructuras rígidas, verticales, machistas y autoritarias que aún hoy se expresan con fuerza. La figura de superioridad del hombre en el hogar, como proveedor incuestionable y dueño de la última palabra, ha sido legitimada e incluso exaltada por generaciones. Ese poder desmedido e inmerecido, cuando se siente amenazado por la autonomía femenina o la rebeldía infantil o juvenil, encuentra en la violencia la forma de perpetuar el dominio y justificar la agresión como recurso disciplinario.

Esta falla en la familia santandereana produjo una fractura profunda, pues ha confundido autoridad con autoritarismo y respeto con sumisión. En miles de hogares, los métodos de crianza siguen anclados en patrones desuetos que privilegian el castigo físico y la humillación verbal como recursos válidos para ‘formar el carácter’, de manera que, por esta desviación conceptual, un niño que crece recibiendo golpes aprende que la violencia resuelve conflictos y, obviamente, replicará el mismo horror en su propia descendencia.

El problema se agrava también por la persistencia de una nociva complicidad cultural, en el sentido de considerar que la violencia intrafamiliar es un asunto privado, una vergüenza doméstica que no debe salir de las cuatro paredes. Vecinos que callan, familiares que minimizan el sufrimiento y autoridades que tardan en actuar, o lo hacen superficialmente, alientan la impunidad, mientras que el miedo a la estigmatización y al qué dirán condena a las víctimas a un silencio que perpetúa el ciclo.

Por otra parte, la escasa educación formal y la carencia de herramientas emocionales en vastos sectores de Santander agravan esta tragedia. En hogares donde no se ha desarrollado la capacidad de negociar, dialogar o procesar la frustración sin agresividad, cualquier desacuerdo termina rápidamente en agresión. La pobreza extrema y el hacinamiento, además, actúan como generadores de estrés, convirtiendo la vivienda en una amenaza permanente.

No podemos ignorar el contexto regional: décadas de conflicto armado, guerrillas, paramilitarismo, crimen organizado y violencia urbana han instalado la brutalidad en el espacio público, con la perniciosa consecuencia de que una sociedad acostumbrada a la violencia en muchas de sus formas extiende esas lógicas al espacio privado. La frustración y el miedo generados por la inseguridad y la desigualdad, por ejemplo, buscan un desahogo, generalmente sobre los más débiles físicamente, es decir, las mujeres, los niños y los ancianos.

Santander necesita una intervención cultural urgente, que en distintos ámbitos de la vida social enuncie, reconozca y proponga soluciones a este doloroso problema, pues las campañas de prevención resultan insuficientes si no se enfrenta el machismo estructural que legitima el maltrato. Los colegios deben enseñar resolución pacífica de conflictos desde la primera infancia, y los padres deben recibir formación obligatoria en crianza respetuosa. La violencia no se erradica solo con el enfoque punitivo, sino transformando lo que históricamente se ha entendido como familia y respeto.

Es inaceptable que, en pleno siglo XXI, sigamos dudando, como sociedad, de si pegarle a un hijo o a una esposa es aceptable. La respuesta es no, y debe ser un no rotundo, sin matices, que se imponga en cada institución, en cada escuela y en cada conciencia, de manera que todos, sin excepción, podamos hacer nuestra contribución a la erradicación del autoritarismo y la violencia que aún destruyen tantas personas y hogares santandereanos.

Publicado por: Editorial

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