Ana María Pinilla, egresada de la UIS y formada en Bucaramanga, pasó de la investigación en nanomedicina a una labor centrada en el bienestar estudiantil en Monterrey. Su historia, marcada por la disciplina, la migración y la reinvención profesional, acaba de ser reconocida con el Premio Mujer Tec 2026.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
“No pasé por un punto”.
Ana María Pinilla todavía lo dice con la serenidad de quien ya hizo las paces con esa escena. Pero en su momento dolió. Había terminado Química en la Universidad Industrial de Santander, estaba lista para seguir con la maestría y creía que ese era el siguiente paso natural de una carrera construida con disciplina. Sin embargo, no entró. La dejaron por fuera por un solo punto.
Hay personas a las que un episodio así les rompe el impulso. A ella, en cambio, la obligó a afinarlo.
“Tomé esa experiencia como una oportunidad para prepararme más”, recuerda. “Ahí también aprendí que en la vida siempre tienes que tener un plan B, un plan C”.
Volvió a estudiar, fortaleció su hoja de vida, se presentó otra vez y esta vez sí fue admitida. La escena, mirada a la distancia, dice mucho sobre quién es Ana María Pinilla: una mujer que no ha construido su camino desde la facilidad, sino desde la persistencia. Una mujer que aprendió temprano a convertir el tropiezo en método.
Hoy vive en Monterrey, México. Es doctora en Ciencia de Materiales, fue reconocida con el Premio Mujer Tec 2026 y trabaja acompañando a cientos de estudiantes en una de las universidades más importantes de ese país. Pero su historia no comienza con una medalla, ni con una ceremonia, ni siquiera con una tesis. Comienza en Bucaramanga, en una casa de tres hermanas y en un colegio donde la ciencia empezó a parecerse menos a una materia y más a una forma de mirar el mundo.
Ana María estudió primaria y bachillerato en La Merced. Es la menor de tres hermanas, todas egresadas de la UIS. En su familia, la formación nunca fue un adorno. La hermana mayor se convirtió en médica oftalmóloga pediatra. La segunda, en ingeniera química y directora de innovación y tecnología en una gran universidad. Ella tomó el camino de la química, aunque en realidad, más que elegir una carrera, fue obedeciendo una inclinación que ya se venía cocinando desde el colegio.
Su papá, Edberto, recuerda que varias profesoras de La Merced le sembraron ese interés por la ciencia. Ana lo confirma desde otro lugar: el colegio tenía entonces un énfasis en matemáticas y ciencias naturales, y eso la marcó. Durante años, entre materias como bioquímica, morfología y matemática financiera, fue entendiendo que le gustaba hacerse preguntas, ir al fondo, desmontar las cosas para entender cómo funcionaban.
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En 2007 entró a estudiar Química en la UIS. Lo que encontró allí no fue una experiencia cómoda, sino exigente. “Considero que fue una carrera sumamente retante”, dice. “Era química pura, veíamos todo a profundidad. Tuve maestros y maestras muy exigentes y el enfoque era muy hacia la formación como investigadores e investigadoras”.
Ese rigor le dejó una primera gran prueba: su tesis de pregrado, centrada en la desulfurización de combustible diésel usando líquidos iónicos. Fue, como ella misma dice, un trabajo de año y medio entre experimentos, escritura, correcciones y paciencia. También fue su primer contacto real con la investigación como oficio, no como ideal romántico.
“Fue mi primer acercamiento con un trabajo completo de investigación. Bastante retante, sí, pero creo que eso me motivó más a seguir ese camino”.
Después vino la maestría y, con ella, un giro importante. En la UIS trabajó con el profesor Fernando Martínez, a quien tanto ella como su padre reconocen como una figura decisiva en su formación. Allí empezó a sumergirse en el mundo de la nanomedicina y a entender que la química podía dialogar con algo mucho más concreto y urgente: la salud humana.
Su investigación se centró en la síntesis de nanopartículas de plata para terapia fototérmica contra el cáncer de cuello uterino. El tema no solo exigía precisión científica; también le abría una puerta emocional distinta frente a su trabajo. Ya no se trataba solo de reacciones, materiales y laboratorio, sino de una ciencia que podía tocar la vida de otros.

“Fue mi primer acercamiento con la nanotecnología aplicada a medicina”, cuenta. “En ese tiempo fue toda una curva de aprendizaje, pero los resultados fueron muy significativos. Sacamos un paper y además eso fue el preámbulo de lo que vendría después en mi doctorado”.
Su papá recuerda también otro momento clave: un premio nacional por una investigación sobre cáncer desarrollada en la UIS y una exposición internacional donde el trabajo de Ana empezó a llamar la atención de académicos mexicanos. Más allá del punto exacto en que se abrió esa puerta, lo cierto es que Ana ya llevaba tiempo preparándose para salir. Iba a congresos, cursos, escuelas, presentaba pósteres, hacía contactos, se movía con la intuición de que su siguiente paso estaba fuera del país.
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Uno de esos momentos fue decisivo. En una edición de NanoAndes, realizada en Cali, conoció a la investigadora Margarita Sánchez Domínguez, quien después sería su directora de tesis doctoral. Lo que siguió fue una etapa de doble exigencia: mientras terminaba la maestría, también preparaba su postulación al doctorado.
“Estaba escribiendo mi tesis de maestría y, al mismo tiempo, el anteproyecto para el doctorado. Fueron tiempos bastante complejos, pero sí se pudo”.
En febrero de 2018 terminó la maestría y, casi al mismo tiempo, recibió la noticia de que había sido admitida al doctorado en Ciencia de Materiales en Monterrey. “Fue felicidad doble”, dice. “No es fácil llevar dos cosas a la vez, pero si uno tiene su enfoque claro y se organiza, lo puede hacer”.
Luego vino lo más difícil: irse.
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No habla de su viaje a México como quien cuenta una aventura brillante, sino como quien recuerda una fractura íntima. Dejar Bucaramanga fue dejar la familia, las amigas, los códigos de siempre, la ciudad que la había formado. Aunque en Monterrey se hablara español, nada era del todo familiar.

“Llegué sola, a enfrentarme a una nueva vida, nuevas personas, nuevas costumbres, nuevas palabras”, dice. “Mi primer año fue bastante retante”.
Y justo cuando empezaba a acomodarse, llegó la pandemia. La mitad de su doctorado transcurrió en ese tiempo suspendido en el que el mundo entero parecía vivir con la respiración contenida. Ana vivía sola. Tenía beca. Había presión. Había incertidumbre. Había que resistir.
“Fue la pandemia, fue mi duelo migratorio”, resume. “Y además yo tenía que seguir avanzando. Eso fue un reto adicional a lo que ya exige un doctorado”.
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En Monterrey también conoció a Manuel González, hoy su esposo, una figura central en su proceso de adaptación. Ana lo menciona con gratitud sencilla, como quien reconoce un apoyo decisivo sin necesidad de adornarlo. Su boda civil, celebrada en plena pandemia, aparece en su memoria como uno de los momentos más felices de su vida.
Pero si el doctorado la consolidó como investigadora de alto nivel, también le dejó una incomodidad profunda con ciertas lógicas de la academia. La idea del sacrificio permanente. La normalización del desgaste. La vida reducida al rendimiento.
“Yo lo viví”, dice con franqueza. “Pasaba muchos días sin dormir, sin comer bien, sin tener una vida equilibrada”.
Y esa constatación fue el comienzo de otra transformación.
“Cuando terminé el doctorado dije: quiero tener una labor donde pueda sentirme un poco más equilibrada y también ayudar a romper esa idea de que para llegar lejos en la vida tenemos que descuidar nuestro bienestar”.

Ahí está, quizá, el centro verdadero de su historia.
Porque Ana María Pinilla no abandonó la ciencia: la ensanchó. En vez de seguir únicamente el camino convencional del laboratorio, los papers y los congresos, decidió reinventarse y postularse como mentora estudiantil en el Tec de Monterrey. Fue elegida entre muchos aspirantes y encontró allí otro modo de poner en práctica todo lo aprendido: acompañar personas, orientar procesos, ayudar a otros a crecer sin repetir la lógica del agotamiento como única prueba de mérito.
No fue una decisión fácil. Tampoco fue una decisión celebrada por todos.
“A nivel profesional, uno de los grandes retos fue reinventarme”, cuenta. “Pasar de ser la típica académica en un laboratorio, escribiendo papers e yendo a congresos, a una labor más humanista donde el bienestar integral es importante… eso fue motivo de muchas críticas”.
Lo dice sin resentimiento, pero con claridad. Algunos colegas, recuerda, sintieron que estaba retrocediendo. Otros dejaron de mirarla con el mismo respeto. Y en medio de eso apareció una sensación que muchas mujeres exitosas conocen bien: el síndrome del impostor.
“Empecé a brillar más, pero a la vez me entraba esa sensación de no saber si me merecía todo lo que estaba ocurriendo”.
Con el tiempo, dejó de explicarse tanto. Se concentró en el trabajo. Y los resultados fueron apareciendo.
Hoy acompaña a más de 300 estudiantes y forma parte de LiFE, una escuela dedicada al liderazgo y la formación estudiantil. Allí confluyen mentoría, consejería emocional, arte, cultura, deporte y bienestar. Para Ana, ese espacio tiene un sentido profundo porque le permite hacer algo que en la academia tradicional muchas veces queda relegado: poner a las personas en el centro.
“Es la satisfacción más grande”, dice. “Poder impactar directamente en las personas, verlas crecer personal y profesionalmente, inspirarlas a enfrentarse a sus miedos”.
En 2025 recibió el Premio a la Formación Life. En 2026 llegó el Premio Mujer Tec. Y aunque estos reconocimientos tienen peso por sí mismos, en su caso parecen tener otro valor: el de confirmar que su intuición no estaba equivocada. Que no retrocedió. Que se movió hacia un lugar más suyo.
“Hoy siento que no tengo por qué dar tantas explicaciones”, dice. “Simplemente seguir enfocada y conectada con mi labor. Creo que lo más importante en la vida es que esa labor que realizas, independiente de la que sea, te llene, te haga feliz, que todos los días te motive a levantarte”.
Cuando enumera sus momentos felices, mezcla logros académicos con escenas profundamente personales: el día en que se graduó como química en la UIS, el momento en que tomó el avión hacia Monterrey, su boda civil, las ceremonias donde ha recibido sus reconocimientos más importantes. En todos esos episodios hay una misma idea: nada ha sido fácil, pero ha valido la pena.
“Más allá de recibir un reconocimiento, es ver todo el proceso, ver todas las personas que te han acompañado y decir: ha valido la pena”.

Extraña a su familia. Extraña a sus amigas. Extraña su ciudad. Pero cuando mira el camino recorrido, no se queda en la nostalgia. Prefiere una idea más fértil: la de haber ganado una vida que no estaba escrita de antemano.
Y quizá por eso su historia importa. Porque no es solo la historia de una santandereana premiada en el exterior. Es la de una mujer que entendió que el éxito no consiste únicamente en llegar lejos, sino en decidir desde dónde se quiere llegar. Y, sobre todo, en no perderse a sí misma en el camino.

















