Revista Nueva
Sábado 07 de mayo de 2016 - 09:49 AM

Las mujeres somos “lunáticas”

Desde el momento en que llegamos al mundo femenino signado por la primera menstruación, nos impacta evidenciar que la vida estará en adelante medida por unos ciclos mensuales que se acompañan de cambios evidentes en el estado de ánimo, y que no son, ni mucho menos, placenteros.

Las mujeres somos “lunáticas” (Foto: Revista Nueva / VANGUARDIA LIBERAL )
Las mujeres somos “lunáticas” (Foto: Revista Nueva / VANGUARDIA LIBERAL )

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Publicado por: REVISTA NUEVA

No en pocas ocasiones las mujeres comentamos lo injusto que es someternos una vez al mes a un sensación de desajuste tan grande, que en muchos casos nos hace sentir miserables e incluso con deseos de desaparecer de la faz de la tierra. Entonces  nos preguntamos: ¿por qué la naturaleza ha sido tan poco equitativa?

Lo cierto es que, en muchas culturas, la menstruación ha sido entendida como algo abominable, al punto que las mujeres -durante estos días- eran retiradas de su entorno social y se recomendaba a los hombres permanecer lo más lejos posible de ellas para evitar la “contaminación”; si la mujer solo valía por su capacidad reproductiva y durante este período justamente lo que perdía era esa propiedad, pues nada justificaba tener que compartir con ella tan desagradable etapa.

En culturas indígenas como la wayúu, incluso la llegada de la menarquia (primera menstruación) representaba el aislamiento de la niña/mujer por varios años, en una choza en la que solo podían entrar la madre, la abuela y la tía materna para instruirla en las artes de ser mujer. Este encierro garantizaba su pureza, para ser entregada a su esposo tan pronto terminaba el período de aislamiento. Hoy día la costumbre se mantiene pero con períodos significativamente más cortos, aunque se conserva la idea de que la valía de la mujer se mide por lo prolongado de la clausura.

Si miramos la literatura, incluida la sagrada, encontramos que con mucha frecuencia las referencias a la menstruación están ligadas a la impureza, el castigo y el sufrimiento. En los cuentos infantiles, las metáforas que hacen alusión a la aparición del ciclo mensual (la manzana roja en Blancanieves, el pinchazo en la Bella durmiente, etc.) siempre son una condena para la niña que se convierte en mujer.

Las cuatro etapas de la mujer

Con todo este legado cultural que ha permeado las más profundas capas de nuestro ser y que transmitimos como parte del software a nuestras descendientes, ¿cómo podríamos las mujeres sentirnos agradecidas con la visita mensual y entenderla como un momento de gracia, cuando milenariamente nos han hecho sentir que es una verdadera desgracia?, ¿cómo no sentirnos excluidas, relegadas?

En el libro Luna Roja de la escritora inglesa Miranda Grey, se  propone un entendimiento del ciclo femenino más allá de la fase menstrual, mostrando como cada mes las mujeres nos enfrentamos a cuatro etapas, perfectamente discriminadas, que nos permiten conectarnos con esencias diferentes que se renuevan permanentemente.

Sí, las mujeres somos como la Luna. Pasamos cada 28 días  -metafóricamente hablando- por la luna nueva, el cuarto creciente, la luna llena y el cuarto menguante; pasamos cada 28 días por las cuatro estaciones -la primavera, el verano, el otoño y, por supuesto, el invierno- y en ello, nos dice la autora, hay un inmenso regalo de renovación, de versatilidad, de cambio. Los hombres son sol: son permanencia, estabilidad, seguridad. Somos el complemento perfecto.

En el cuarto creciente –primavera- (día 7 al 13 después de la menstruación), arquetípicamente las mujeres somos ‘doncellas’: nos invade una sensación de bienestar, de alegría y de optimismo frente a la vida, que nos hace sentir que todo es posible. Iniciamos proyectos que somos capaces de ejecutar con prestancia, tenemos un pensamiento más práctico, concreto, organizado. No encontramos problemas, todo se puede solucionar (normalmente los hombres nos aman durante estos días e imploran al cielo que nos quedemos así por siempre).

En la luna llena –verano- (siguientes siete días aproximadamente pues esto varía de una mujer a otra y algunas tendrán unas fases más prolongadas), pasamos a ser madres: tenemos una gran necesidad de cuidar, de brindar cariño, de proteger. Todo nos conmueve hasta las lágrimas y las necesidades de los demás son lo más importante. Normalmente queremos ver la casa mas hermosa, ponemos flores y hasta queremos hornear un pastel.

En el cuarto menguante –otoño- (otros siete días, aunque insisto en que lo de la luna es una metáfora y en tal sentido no quiere decir que todas las mujeres nos encontremos en el mismo estado porque la luna se encuentre en una determinada etapa), somos hechiceras: el famoso sexto sentido se expande con todo su poder, somos intuitivas, sabemos qué está bien y qué está mal.

Además parece que nos bloquearan el lóbulo frontal: no nos medimos, las palabras salen como un torrente y hay que aceptarlo, muchas veces de manera hiriente y ponzoñosa, pero es cuando tenemos más claro qué queremos de nosotras y para nosotras.

Es, sin lugar a dudas, el momento de mayor creatividad y reflexividad, que no de mayor ejecución. (Este ciclo es el más temido por los hombres, quienes se sienten vulnerables ante tanta intuición).

Y por último, la luna nueva –invierno- (día 1 al 7) corresponde a la bruja: la mujer anciana, sabia, fea. Es el momento de mayor introspección, de aislamiento del mundo exterior. Aceptamos todo tal cual es, perdonamos, limpiamos nuestro interior pero no queremos hacer nada, queremos dormir, vestirnos con ropas amplias y cómodas, comer chocolates y hamburguesas, llorar y sentir.

Esta es, sin lugar a dudas, una perspectiva mucho más completa de la ‘ciclicidad’ femenina, que rescata los potenciales de cada una de estas etapas y nos hace más conscientes de la oportunidad que representa ser seres en constante renovación.

Si bien las creaciones culturales han contribuido a que centremos nuestra mirada solo en la etapa invernal y de manera poco más que despreciativa, es el momento de empezar a construir nuevos discursos que nos reconcilien con nuestro ser y nos permitan, a hombres y mujeres, fluir de manera más armoniosa en la complementariedad perfecta.

Publicado por: REVISTA NUEVA

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