Después de un largo viaje por Asia –cuyo fin era encontrar su verdadero sentido de vida-, regresó con la íntima convicción de que el yoga no es solo para quienes pueden pagar por él. Compartir esta disciplina con personas de escasos recursos o con discapacidad física y cognitiva, más que un regalo para ellos, es una gran bendición para su vida.

Publicado por: MABEL KREMER
Durante casi un año, María Elisa viajó en plan de mochilera, completamente sola. Se fue con tres objetivos muy claros: certificarse como maestra de yoga en la India, aprender Thai Yoga Massage en Tailandia y cultivar el arte de la meditación con monjes tibetanos en Nepal. El reto lo logró tal como lo soñó. Partió con una mochila en la que llevaban cuatro mudas, cinco mil dólares y muchas expectativas. Regresó llena del conocimiento de una disciplina milenaria que ahora ofrenda a quienes jamás imaginaron estar en una clase de yoga.
Todo empezó con una pregunta que le hizo su jefe: “¿María Elisa, usted es feliz?” “Cuando él me preguntó eso, me derrumbé en llanto. Me movió internamente y pude reconocer que a pesar de tener un trabajo muy bien remunerado, era una mujer infeliz y frustrada”.
Fue por eso que, en 2012, decidió darle un giro a su vida y buscar la respuesta a estas y a muchas otras preguntas. “Vendí todos mis muebles, el carro, pagué deudas, agarre mi mochila y me fui completamente liviana y sin ataduras rumbo a Bombay, en la India”.
Con un tiquete solo de ida, empezó su aventura en el Ashram Yoga Vidya Gurukul, entre Bombay y Pune, para certificarse como profesora de yoga. Después de una travesía por varios países asiáticos aterrizó en Nepal. “Ahí llegó mi gran descubrimiento, a través de los monjes tibetanos en el monasterio Kopan”.
Durante los primeros diez días debió guardar absoluto silencio. “Eso fue muy fuerte y una gran lección de autoconocimiento. Los pensamientos limitantes, las creencias que no van y los temores, brotan en esos días de silencio. Es un gran reto para la mente”. Y precisamente fue ese gran reto y muchas horas de meditación, los que le dieron todas las respuestas que estaba buscando. “Pude saber quién soy, qué vine a hacer aquí, y además logré una conexión muy cercana con mi fuerza superior”. Una vez aprendida esta lección, regresó a su Cali amada con una premisa muy clara: “Nunca más haría algo que no me hiciera palpitar el corazón”.
Yoga para todos

Cuando regresó al país tenía las respuestas en sus manos y una meta: crear Actívate Yoga para acercar esta práctica a los menos favorecidos. “En India, los niños reciben clases desde muy pequeños en sus colegios. Cuando llegué a Colombia quería hacer lo mismo en instituciones públicas y que los niños pudieran recibir desde temprana edad todos los beneficios que yo recibo cada día con esta práctica. Así, poco a poco, la vida me fue llevando al Yoga Social”, asegura esta comunicadora social con maestría en Ciencias Políticas en la Universidad de los Andes.
No obstante, más allá de las instituciones y diferentes fundaciones, esta yogui ha llegado a diferentes barrios de Cali para dar clases en lo que ella denomina Yoga para Todos. Siloé, un sector deprimido de la ciudad y marcado por la violencia, fue el escenario de sus inicios.
“En Siloé trabajé con la Fundación HERF, dando clases de yoga a mujeres embarazadas. Algunas de ellas muy jóvenes, llenas de preguntas y temores, pero logramos a través del yoga mejorar el vínculo de las niñas con sus bebés y darle otra mirada a una situación que es difícil para ellas”.
También llegó hasta el municipio de Puerto Tejada, en Cauca, para enseñar yoga a niños de comunidades vulnerables. “Apoyé a la Fundación Colombianitos, la cual educa en valores a través del fútbol y otros disciplinas deportivas. Incluimos el yoga para que los niños y adolescentes pudieran trabajar de manera especial el miedo, el amor, el perdón, y fortalecerlos para que puedan cumplir sus sueños”.
Sin embargo, su gran revelación la recibió de una pequeña maestra de tan solo nueve años. Le enseñó que el yoga es democrático y lo pueden practicar absolutamente todos, sin límites. “Después de terminar una clase, una alumna se me acercó para decirme que le encantaría que su hija también practicara yoga, pero que ella tenía una discapacidad: la niña sufría parálisis cerebral”.
Para María Elisa, conocerla fue descubrir una nueva forma de conectarse con las personas a través de su práctica. “Ella no podía hablar con palabras ni mantener la mirada y sus movimientos a veces eran involuntarios. Pero me entendía y a través de sonidos, cantos y sonrisas empecé a sentir que podía trabajar con personas con discapacidad”.
Así comenzó un camino que después de muchas horas de investigación y lectura, hoy le permite compartir el yoga con quienes tienen discapacidad física, sensorial y mental. “Es un yoga de conexión que va más de la mano del sonido y la visualización y es menos físico”.
El amor, la mejor medicina

A partir de ahí, el universo se encargó de poner en su camino alumnos muy especiales y dulces, como su grupo de adultos con discapacidad cognitiva, específicamente síndrome de Down. “La Fundación AVANCES de Cali realiza una gran labor. Les ofrece actividades que potencializan sus capacidades, y una de ellas son mis clases de yoga. Entonces logramos mejorar su concentración y calmar la ansiedad que es tan característica en este tipo de discapacidad”.
Tú has demostrado que el yoga es para todos. ¿Con qué otro tipo de discapacidades y enfermedades se puede trabajar esta disciplina?
A lo largo de estos años he trabajado con enfermos de cáncer, depresión, trastorno bipolar, lupus, diabetes, fibromialgia. He dado clases a personas con discapacidad visual; fue todo un reto. Estudié, me preparé y cuando llegué, me di cuenta de mi propia invidencia y que no necesitamos los ojos para ver. Con sentir es suficiente. Además he guiado a grupos en empresas que sufren de estrés, a través de un taller llamado Libérate del estrés. Así nacieron los tres pilares de Activate Yoga: Individuo, Social y Empresarial.
Hablemos de las personas con cáncer. ¿Cuáles son los beneficios del yoga para su enfermedad?
He acompañado varios procesos de este tipo. Unos hasta la sanación y otros hasta la muerte. La práctica del yoga es diferente para cada uno. Depende de nuestra anatomía, de nuestra condición física y de la energía que le pongamos a las sesiones.
Con algunos solo podemos a veces escribir, hacer conciencia sobre algunos miedos y decidir seguir adelante, viendo la situación que se vive bajo otra lente. Con otros, la práctica física se hace posible y es muy gratificante ver sus efectos; son pacientes que mantienen las defensas arriba, siendo el sistema inmune uno de los que más sufre en tratamientos como la quimioterapia.
¿Cómo entienden las personas con diferentes tipos de discapacidad y enfermedades el yoga?
Creo que lo entienden mejor que cualquiera. Saben que es un espacio de conexión y lo aprovechan al máximo. Sienten los beneficios después de la práctica física, se relajan un poco y, sobre todo, se concentran en ellos y no en los demás. No se comparan. Compararse es un hábito muy humano que ellos no poseen.
Tienen muy buen sentido del humor, así que es habitual que en medio de una clase nos riamos a carcajadas y al final, por supuesto, siempre hay aplausos.
Eres su maestra de yoga. ¿Pero qué has aprendido de ellos?
Que el yoga es para todos. Sin distinción, sin diferencias, sin competencia, sin niveles. En el yoga no debería haber niveles. Con ellos he aprendido que la postura más sencilla se puede volver retadora. También tienen ese don de hacerme ver lo complicado de manera muy simple. Todos mis estudiantes me llenan de amor la vida. Son mi reflejo y en ellos puedo ver mis propias posibilidades y limitaciones.
¿Cómo es tu relación con las familias de tus alumnos?
Algunas veces los esposos, hijos y madres se unen a las prácticas. Son sesiones muy poderosas y llenas de amor. Yo creo ciento por ciento que el amor sana y que es la mejor medicina; no hay mejor que el amor de la familia. Las familias sufren a la par de su ser querido, pero es poco lo que pueden permitirse expresar y sentir en esos periodos con el fin de darle apoyo y fortaleza a quien está en tratamiento.
El yoga es medicina, es ciencia

¿Por qué tanto interés en el trabajo social?
Mi necesidad de ayudar a los demás empezó desde el colegio. Tal vez lo único en lo que me destacaba era en el canto y en el espíritu cívico. En el colegio fui presidente de un grupo de acción social con el que vistamos muchas comunidades vulnerables. Desde mi adolescencia estuve en contacto con la pobreza, la enfermedad y la discapacidad de muchos. Luego, en India, volví a preguntarme por mi misión de vida y la única respuesta fue que estaba en mis manos ayudar a otros y poner mi vida al servicio de quienes lo necesitan.
¿Qué recuerdas más de tu viaje por India, Nepal, sudeste asiático y Tailandia?
Fue como atravesar un portal lleno de experiencias únicas. Visité ocho países, más de 31 ciudades, vi el Nilo, el Ganges y el Mekong, el océano Índigo, el Rojo y el Mar de China. Caminé durante siete días en el Himalaya, escalé el Monte Sinaí, hice snorkeling en el Agujero Azul, y trágicamente traté de surfear en Bali.
También visité iglesias, templos y mezquitas. Recorrí muchos aeropuertos, pasé muchas fronteras, gané siete kilos y luego los perdí, conseguí cuatro diplomas, leí doce libros, me fracturé un dedo del pie, practiqué mucho yoga, masaje tailandés y meditación, canté y bailé, como siempre, muchas veces.
En pocos días viajarás nuevamente a India, para certificarte en un nivel más avanzado de yoga aplicado a la salud. ¿En qué consiste?
En la India, el yoga es medicina, es ciencia. En Occidente, aunque cada vez se vuelve más popular, aún estamos en el proceso de que sea pensada como una práctica que cura o que ayuda a la prevención de enfermedades. Todo en la vida me ha ido llevando a especializarme en Yoga Terapia y a encontrar de nuevo en India un centro médico y de investigación donde la enseñan de manera intensiva y profesional. Es yoga enfocado en diferentes diagnósticos médicos.
Con este conocimiento y certificación, la idea es volver a Colombia a diseñar retiros de yoga para grupos de personas que comparten algunos síntomas y ofrecerles una forma distinta de encontrar alivio y bienestar.














