La pasión desenfrenada de Andrés David Rey Galindo por capturar la esencia de la naturaleza a través de su lente, tiene un objetivo: preservar la sublime naturaleza.

Ella saltó de las sombras para alardear de sus tonos dorados. Andrés David Galindo Rey, impávido, le posó sus ojos oscuros. Junto a su equipo, presumía de su suerte. Tenía el componente necesario para lograr fotografiar al anfibio.
Enfocó su lente. Los enigmáticos ojos de la Boana picturata fueron un sueño, que pudo ser el último. Andrés David Galindo Rey casi muere en ese viaje que emprendió para capturar a esta rana de ojos saltones y amarillos vibrantes.
De repente, no podía respirar. Ocurrió en el Parque Nacional Natural Farallones de Cali, el área protegida más grande del Valle del Cauca. En este majestuoso escenario Andrés comprobó la fragilidad del ser humano.
Como un fuerte castigo, la alergia invadió rápidamente su cuerpo. Inflamó su tráquea. Seguía sin respirar bien. Su equipo lo evacuó en minutos y lograron llegar al centro médico más cercano. Mientras la médica resumía que su paso a la muerte habría sido inevitable si hubiera llegado 30 minutos después, Andrés solo pensaba en su Boana picturata.
Nunca se conoció si alergia la ocasionó algo que tocó o respiro. Lamentó, eso sí, perder la oportunidad de esa fotografía. Pero no se rindió. “Volví dos días después de cumplir con la incapacidad. Por cosas de Dios encontré nuevamente la rana, e hice la fotografía que quería y que había soñado”.
Cada clic de la cámara es un desafío. Para este estudiante de derecho de la Universidad Autónoma de Bucaramanga es una búsqueda de la belleza que nos rodea, y que a menudo pasamos por alto gracias a la rutina.
Andrés Galindo se ha convertido en un referente en este campo. Desde que era un niño su conexión con la naturaleza fue cultivada por el legado de sus padres, biólogos de profesión. Sin embargo, fue a los 15 años cuando descubrió su verdadera pasión por la fotografía. Tal camino lo ha llevado a enfrentar desafíos extraordinarios, pero que han aportado en la ardua labor de la conservación de la biodiversidad.

Cada fin de semana o durante sus vacaciones, Andrés se sumerge en el monte, entre las montañas o debajo del mar. Lleva su Sony a74, un lente de 90 milímetros para macrofotografía con un difusor, uno de 200-600 para fotografías de aves y osos y otro de 24-70 que utiliza para paisajes. Además de un dron. Pero eso no es lo más importante, “lo que realmente influye es el indio, no la flecha”. Va equipado con una determinación inquebrantable. Una disciplina a toda prueba.
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“Siempre me preparo antes de ir. Miro la ubicación, reviso las fotos que ya se han tomado para hacer otras diferentes, pienso en la composición. Leo mucho sobre su hábitat, de qué se alimenta, a qué flores llegan, por ejemplo”.

Andrés compra animales de juguete y los pone en lugares estratégicos de su casa. Utiliza las luces y sombras para componer. Revisa cómo se comporta la cámara, qué debe mejorar o corregir. Toma al menos 20 fotos al día. Para él la constancia es el talento.
Esta pasión lo ha llevado a recorrer los rincones más remotos de Colombia. Desde Punta Gallinas, en La Guajira, hasta Leticia, en el Amazonas. Pero su corazón siempre vuelve a Santander, un paraíso de biodiversidad que lo cautiva con sus serpientes y anfibios únicos en el mundo.

Cada salida de campo la vive con la misma emoción de la primera vez. Cada especie lo deja atónito. Más que temer, lo maravilla saber que la vida es un momento.
Y si algún día llegara a olvidarlo, recuerda su encuentro con la majestuosa Bothriechis kebblai, su favorita. Una víbora de pestañas, endémica de Colombia, que oculta su letalidad detrás de su piel escamosa y su movimiento elegante. La víbora que, por suerte, lo encontró un día con su cámara en medio de los bosques de robledales negros de Santander.

Un trabajo por la conservación
Andrés no busca la fotografía perfecta. A través de su trabajo, pretende concienciar a otros sobre la conservación de la naturaleza y la necesidad de respetar y proteger a todas las especies, grandes y pequeñas.
Ha materializado este objetivo participado en múltiples libros y concursos. Sus fotografías lograron un cupo en dos libros de orquídeas y otros dos del Parque Nacional Natural Farallones de Cali, uno de aves y otro de anfibios y reptiles.
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Además, su labor ha contribuido a cambiar la percepción de las personas hacia las especies menospreciadas y mal entendidas. Desde salvar serpientes de fincas cercanas a Bucaramanga, hasta lograr educar sobre la importancia de la vida silvestre. Su compromiso con la conservación es innegable.
Uno de los objetivos por el que está trabajando es por lograr algunos cupos en el álbum de chocolatinas Jet.
“Quiero mostrarle a las personas que no todas las serpientes son venenosas, que no todas las orquídeas deben ser grandes, que no todo lo que es pequeño y feo es peligroso. He tratado de que con mi fotografía muchas personas aprendan a respetar y a cuidar lo que tenemos en nuestro entorno”.



















