El ‘monstruo de la soga’ asesinó a más de 30 mototaxistas en el Caribe colombiano y el Magdalena Medio. Fue desplazado en octubre de 2008 por la ‘Oficina de Envigado’. La esposa le dijo que denunciara el hecho y lo hizo. En octubre de 2012 lo llamaron para pagarle: ahí lo atraparon.

“¡Lo hecho, hecho está!” No había en su voz —ni en el más leve pliegue de su expresión— un rastro de arrepentimiento. Pronunció la frase con la ligereza de quien se desentiende del peso de sus actos, como si el destino fuera un basurero donde arrojar culpas ajenas. Sonó a eso que se dice sin decirlo: de malas, pasó… y nada más.
Luis Ramírez Maestre hilaba con certeza cada detalle, cada dato, fecha, escenografías, parajes.
Vestía el overol caqui de líneas naranjas sobre los hombros y los bordes laterales de sus pantalones, regodeándose al manifestar que la elección de sus presas era aleatoria, que no tenía predilección, que la selección de sus objetivos estaba regida por los errores que cometieran y que encajaran en lo que llenaba sus requisitos: el delito, el hurto, el crimen, ah, eso sí, debían ser mototaxistas. Le puede interesar: ‘Para mí era normal asesinar’: la cruda confesión del hombre que mató a más de 30 mototaxistas en Santander
No hablaba de cualquier cosa.
Hablaba de vidas. De otras vidas.
De cómo las tomaba y las reducía a un punto sin escape, atándolas de pies y manos en una trampa donde cada intento de liberación no era más que un gesto inútil, un apretón anticipado de la muerte. Era su macramé personal, su experticia en cabuyería sin jamás pisar la Marina, pero la destreza de sus manos sí que tenían rápido un ballestrinque, un nudo de leñador o uno corredizo. Esa fue su firma. Siga leyendo:La escalofriante confesión del ‘monstruo de la soga’: asesinó a 36 mototaxistas, varios de ellos en Santander

Y en ese proceso —lento, calculado— encontraba un deleite oscuro. No intervenía más de lo necesario: observaba. Esperaba. Se quedaba ahí, contemplando ese instante en que lo invisible comienza a retirarse. Como si pudiera ver el alma.
Como si percibiera esa energía íntima que nos habita escaparse poco a poco, mientras el calor abandona el cuerpo, mientras el espíritu deja vacío su estuche hasta la quietud fría de lo irreversible. Ahí en ese instante donde el sacerdote debía dar la extrema unción. Le puede interesar: Asesino de mototaxista pidió perdón a familiares de sus víctimas
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Los recuerda a todos. Desde el primero hasta el último.
Recuerda sus rostros en el borde final, sus gestos mínimos, el instante exacto en que la certeza los alcanza. Recuerda, sobre todo, la confianza: esa que nunca sospechó de él. Porque supo acercarse, construir cercanía, hacerse necesario. Porque dominaba —con precisión inquietante— el arte de fingir.
Nunca dejó caer el antifaz.
Nunca permitió que asomara, ni por un segundo, la abominación que lo habitaba. ¿O tal vez… ya no le importa? Le puede interesar:A 34 años y seis meses condenan a Luis Gregorio Ramírez Maestre

—¿El primero?
Hace una pausa breve, como si no buscara recordar, sino elegir cómo contarlo.
—Fue un muchacho… tendría unos 19 años. Más bajito que yo. Tocaba.
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La palabra queda suspendida, incompleta, como si no mereciera más detalles. Luego continúa, con la misma calma seca:
—Le propuse que trabajáramos en eso. Le expliqué. Pero… ajá, se echó pa’ atrás. Dijo que no le entraba.
“Eso”. Ahora lo dice con un desdén ensayado, como si la palabra le resultara ajena, como si no fuera él quien la llenó de significado. Pero “eso” era matar. Era decidir sobre el aliento de otros. Arrancarlo.
En su lógica torcida, no se trataba de víctimas, sino de limpieza. De justicia a su medida. Los veía como despojos: muchachos que robaban en las calles, que cercaban a estudiantes para quitarles lo poco que llevaban, que acechaban a mujeres, que se camuflaban en oficios cotidianos —mototaxistas, sombras móviles— para asaltar y desaparecer.
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Valledupar. Allí empezó todo.
En esa ciudad donde el calor aprieta y las rutinas parecen inmutables, él encontró su excusa, su argumento, su cruzada personal. Decía que era una respuesta, una forma de devolver el orden a una tierra que —según él— se desmoronaba bajo el peso de una delincuencia que crecía sin freno.
No le temblaron las manos.
Ni cuando imaginó el plan. Ni cuando lo puso en marcha.
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Corría el 2006, y la violencia ya tenía otros dueños. Otra horda, más grande y sistemática, regaba sangre sobre la región. El paramilitarismo había echado raíces profundas, doblando voluntades, imponiendo silencios, erosionando el alma de una tierra que alguna vez fue tranquila, habitada por la memoria viva de chimilas, koguis y arhuacos, custodios de la Sierra Nevada.
Pero a pesar de ese ‘ruido mayor’, el suyo era distinto. Más íntimo. Más cercano. Y, quizá por eso, más difícil de ver.
Esa catarata de aflicción que generó desde entonces quedó confundida con el fragor de quienes por su lado sembraban su propia cosecha luctuosa. Solo que la aplicación de su justificación criminal desbordó los límites del Cesar, comenzó a sentirse en otras ciudades del Caribe con tal precisión demencial que cada víctima parecía la misma, eso recuerda Ramírez Maestre con exactitud.

-Primero fui a una finca por allá por la salida a Bosconia, vi los alrededores, no pasaba tanta gente, era solo, deshabitado. Lo invité, lo convencí; allá lo inmovilicé, me le fui por detrás, y después lo amarré…
Ahí afloró por desgracia para quienes sería sus víctimas, aquella destreza que adquirió en labores del campo, aprendida quizá de algún campesino en las patas de reses o equinos para arriarlos o montarlos. Habría de fascinarle a tal punto que diversificó los nudos llevándolos al extremo de ejecutar en cada uno de sus objetivos ataduras con tal mecanismo que para sus presas era más fácil perder la respiración que liberarse.
Tres decenas de cadáveres después lo explicaría en detalle, con un ego sanguinario sereno.
Cuando escogía al de turno, lo seguía incluso hasta su lugar de residencia si era necesario; después el lugar del crimen, llamaba al conductor, pedía el servicio, les ponía conversación hasta el final.
-Si llevaba un arma de fuego era más fácil ponerle el cañón en las costillas, indicarle el camino, ponerlo boca abajo. Hacía los primeros lazos y sujetaba a su presa a un árbol con ese sistema que le permitía automatizar el deceso de sus elegidos con el propio peso del cuerpo, con un intento de estiramiento de las piernas que jalara hacia el suelo, que un giro de nuca apretara las piernas en un encordado infernal, muerte inevitable.

Ese fue otro detalle que mantuvo en su largo periplo de ‘exterminio’, intentando desvanecer el rastro, pretendiendo no desgastar el estilo en una sola zona, por eso empezó a irradiar la maldad, casi 400 kilómetros más allá de donde inició su matanza particular. No había salvación.
-Usaba cuerdas sintéticas que tienen una especie de forro que con el tiempo terminan por cortar la yugular, apretar el cuello, la tráquea. No podían hablar ni moverse. Me aseguraba que quedarán bien hechos los nudos.
Los 17 estilos que aprendió en el campo y especializó con grupas al margen de la ley donde anduvo.
-Nadie que amarrara se salvaba. De eso estoy seguro.
Certeza repetida 35 veces, a pesar que los escuchaba implorar. La firma de la soga siempre ahí.
-Ya habiéndolos llevado hasta allí, no había nada que hacer…
Había creado un hábito, eso era. Ya nada le importaba. Trazaba la próxima ruta funesta y simplemente sumaba. Sabía que a donde llegara mataría a alguien en esa rutina de expiración.
El periplo criminal incluso lo llevó a Medellín de donde la llamada ‘Oficina de Envigado’ lo desplazó con su mujer y sus dos hijas. Hasta se atrevió a denunciar su desplazamiento ante la Fiscalía. Tentó su suerte maquiavélica. Los investigadores tenían indicios y le dijeron que tenía una indemnización por desplazamiento. El último crimen ‘conocido’, el de Jhon Jairo Amador lo ubicaba en el lugar donde hallaron el cadáver; su teléfono estaba triangulado.
“Estamos frente a un sujeto eminentemente egocéntrico”: Richard Larrota
Hablar de criminales seriales siempre es un reto que entraña gran complejidad. Pero parece que la misma está dada por creencias que hemos contraído para escapar de la culpa de haberlos parido. De allí que busquemos fórmulas mágicas para lograr entender el porqué de sus acciones horripilantes.

Hoy estaré frente a la mente de uno de los asesinos seriales más cínicos de los últimos tiempos. Estaré explorando y tejiendo posibilidades a partir de las palabras que Luis Gregorio ha ofrecido a la opinión pública en entrevistas que se difunden en la web… Como seguramente lo calculó, como lo deseaba y así lo preparó.
Quien no lo conozca, le anticipo que está frente al asesino de aproximadamente 36 personas, hombres jóvenes que ejercían el oficio informal del mototaxismo en Colombia. Crímenes que han sido considerado atroces por la crueldad que puede inferirse del método empleado para causar la muerte – la asfixia –
Este sujeto lo ha hecho, está convencido de su experiencia y la gran capacidad para lograr nudos que tienen la particularidad de hacer de la muerte un verdadero desespero en la mente de quienes lo padecieron.
Ahora, al analizar criminales prefiero centrarme en el discurso que ofrecen, me interesa entender cómo se perciben… ¡Y nuestro asesino se las cree! Se considera muy capaz – y es en ese instante donde su ego habla por él… donde olvida darle emoción a la explicación.
Estamos frente a un sujeto eminentemente egocéntrico tal cual lo es su “tremenda” explicación de la razón por la cual le quitó la vida a decenas de personas. Es de no creer, nos quiere convencer de que estamos frente a un “justiciero”.
Vemos a los ojos y escuchamos a alguien que dice ser quien defendió a mujeres vulnerables de los hurtos que padecían en Valledupar.
Si bien este tipo de motivación existe en la literatura científica, y se conoce como misionaria, de misión, enmarcada en acciones de justicia social que el criminal asume como propias ante el “toque divino” que lo empodera para tal… También es cierto que esta forma de pensar envuelve pensamientos obsesivos que se tejen desde la rigidez de sus rasgos de personalidad muy seguramente.
Podría parecer cierta la explicación que nos da del porqué de los hechos, desde lo que expone, si no fuera porque las inconsistencias de su relato desdibujan su tesis: Decir que mataba a quienes robaban, pero tener un prontuario de acciones homicidas que incluían personas sin antecedentes que el mismo admite; decir que era en Valledupar, pero haberse desplegado por otros municipios como una plaga sin razón alguna... Aquí podría decirles que estamos frente a un psicópata aparentemente porque hay ausencia de empatía reflejada en la crueldad.


















