La Unión Europea incluyó a Venezuela en su lista de jurisdicciones de alto riesgo por lavado de dinero y financiación del terrorismo. La medida, avalada por el Parlamento Europeo, impone mayores controles financieros y profundiza el aislamiento internacional del país, marcando un nuevo capítulo en su relación con Europa.

Publicado por: Redacción Internacional
La reciente decisión del Parlamento Europeo de incluir a Venezuela en la lista de jurisdicciones de alto riesgo para el lavado de activos y la financiación del terrorismo marca un nuevo capítulo en la relación entre Caracas y Bruselas. No se trata de una sanción formal, ni de un acto diplomático aislado. Es, más bien, una señal técnica con consecuencias políticas, económicas y simbólicas que exige una lectura cuidadosa.
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La medida, adoptada por la Comisión Europea el pasado 10 de junio y ratificada sin objeciones por el Parlamento, ubica a Venezuela en una categoría que impone estrictos controles financieros por parte de entidades europeas. La inclusión no es caprichosa. Responde a evaluaciones del Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI), que advierte sobre “deficiencias estratégicas” en los sistemas de control del país. Lo que está en juego no es solo el flujo de capitales, sino la confianza institucional de una economía marcada por la informalidad y la opacidad.
Ronald Edgardo Cuenca Tovar, decano de Ciencias Sociales de la Universidad de Santander, lo explica con claridad: “Son territorios propicios para el blanqueo de capital y el financiamiento del terrorismo. Esta decisión refleja una actualización del listado de países cuyo sistema financiero deja muchos vacíos o carece de regulación”.
Las implicaciones para la región
Pero más allá de los tecnicismos financieros, la inclusión de Venezuela confirma un patrón de creciente aislamiento institucional. Mientras países como Panamá, Gibraltar y Filipinas lograron salir de la lista al demostrar avances normativos, Caracas se hunde más en la desconfianza internacional. Y esa comparación no es menor.
El politólogo Camilo Cruz, doctor en Ciencias Políticas y docente de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (Unab), traza una línea interesante entre ambos casos: “Panamá es un país muy importante para la actividad económica colombiana. Tiene un sistema bancario interconectado con el nuestro. Sin embargo, su salida de la lista no generó tanta preocupación mediática. En contraste, la entrada de Venezuela sí ha tenido eco, y con razón”.
Esa razón no es solamente económica. Es geopolítica.
Venezuela ha experimentado una transformación profunda de su estructura económica. La dolarización forzada, en parte consecuencia del colapso del bolívar y de las sanciones, ha generado flujos de capital cada vez más difíciles de rastrear. En regiones fronterizas, incluso circula el peso colombiano como moneda habitual. Esta informalización, unida a la debilidad de las instituciones de control, convierte al país en un terreno fértil para economías paralelas.
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“Venezuela se está convirtiendo en algo parecido a un paraíso fiscal, pero más opaco”, advierte Cruz. “Ya no solo es una economía petrolera; hay una creciente actividad financiera difícil de observar, que podría estar vinculada al lavado de activos o al uso de recursos por parte de grupos armados ilegales”.
La decisión de la UE, entonces, no es meramente preventiva. Es un mensaje de fondo: el descontrol financiero también es un riesgo global. Para Europa, Venezuela no solo es un actor inestable en lo político, sino también una amenaza potencial para la integridad del sistema económico internacional.
¿Y ahora qué? La inclusión en la lista impone a las instituciones europeas obligaciones inmediatas: controles reforzados, mayor diligencia en las operaciones, alertas sobre clientes y beneficiarios finales vinculados a Venezuela. Pero el efecto más potente es otro: la erosión de credibilidad. Con esta designación, se reduce aún más el margen para atraer inversión, acceder a mercados internacionales y proyectar estabilidad.
Al final, como coinciden los expertos, no se trata de un castigo. Es una advertencia. Una alerta sobre lo que Venezuela representa hoy en el tablero financiero internacional: una economía que, en lugar de abrirse al mundo con reglas claras, se cierra en la opacidad, amplificando la desconfianza.
Lo que ocurra a partir de ahora dependerá de Caracas. De si asume el llamado a reformar su sistema, a regular sus flujos y a recuperar su credibilidad. O si, como en ocasiones anteriores, opta por desestimar la advertencia y avanzar, sin rumbo claro, en un aislamiento cada vez más profundo.

















