David Carvajal creó “Sembremos” para salvar la ceiba barrigona del Chicamocha, especie en peligro de extinción en Santander.

Publicado por: Paola Esteban
En el barrio Miramar, al norte de Bucaramanga, donde hoy se alza la estación de Metrolínea Norte, alguna vez hubo un bosque. Allí, entre mamones, mangos y mandarinas, un niño jugaba cada tarde después de la escuela. David Carvajal Guerrero no sabía entonces que aquellos árboles, los que trepaba, escuchaba y observaba, sembrarían en él una vocación que hoy da frutos en las montañas de Santander: proteger la vida desde la raíz.
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“Ese bosque en Miramar fue mi primera escuela. Allí aprendí a leer el canto de las aves, a notar cómo cambiaban las hojas, cómo florecían los árboles. Ese fue mi primer contacto con la naturaleza”, recuerda. No había libros ni pizarras, pero sí árboles que enseñaban con sus ciclos y silencios. “Yo creo que esa conexión no fue casual. Mis abuelos, Odilio Guerrero y Angélica Villamizar, también sembraron en mí ese amor por la tierra. Ellos fueron agricultores en Suratá, cerca del páramo de Santurbán. Así que lo que hago hoy también es un homenaje a ellos”.
La semilla de Sembremos, su proyecto de restauración ecológica, empezó a germinar hace años, pero fue en 2024 cuando encontró el terreno fértil para florecer. “Los incendios forestales del año pasado en el área metropolitana de Bucaramanga fueron el detonante. Yo ya venía haciendo activismo ambiental, pero sentí que necesitábamos algo más estructurado, una acción concreta para responder a esas emergencias que cada vez son más frecuentes”, explica.

Así nació Sembremos, no solo como un proyecto de viveros forestales, sino como una plataforma de acción ecológica y educativa. “Quería que más personas se unieran, que sembrar no fuera solo un acto simbólico, sino una herramienta de restauración y conciencia. Que la gente entendiera que cuidar los árboles es cuidar nuestra propia vida”.
El proyecto arrancó con dos viveros: uno en Vijagual, al norte de Bucaramanga, y otro en la vereda San Pedro, en Aratoca, en pleno corazón del cañón del Chicamocha. Allí, David encontró algo más que un lugar para sembrar.
“Cuando vi por primera vez una Ceiba barrigona en el Chicamocha sentí gratitud. Era como encontrarme con una sobreviviente de un tiempo antiguo, de un ecosistema que lucha por mantenerse vivo”, cuenta. Aquella Ceiba, de más de 200 años, se alzaba majestuosa pese a crecer en un terreno con poca agua y escasa materia orgánica. “Era un enigma, un ícono. Sentí ganas de abrazarla. Justo estaba dando semillas y ahí supe que tenía una misión: propagarla, protegerla, multiplicar su presencia en este territorio”.
Desde entonces, David ha liderado procesos de germinación, siembra y conservación de la Ceiba barrigona del Chicamocha (Cavanillesia chicamochae), especie en vía de extinción. No lo ha hecho solo. “Quiero que por favor quede claro que todo esto ha sido posible gracias a la alianza con Don Manuel Antonio Niño, líder natural de la vereda San Pedro. Él me llamó, me dijo que allá había ceibas, y juntos recolectamos las semillas, creamos los viveros y ahora estamos sembrando con la comunidad. Su familia ha sido fundamental”.
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Aunque su labor actual está profundamente vinculada a lo ambiental, David tiene formación técnica en investigación de mercados. Estudió en el Sena y ha realizado seminarios sobre comercialización, ventas y modelos Canvas. Esa mezcla entre lo técnico y lo vocacional le ha permitido estructurar Sembremos con una visión estratégica.
“El modelo Canvas me ha ayudado muchísimo. Aunque normalmente se usa para negocios, yo lo adapté para nuestras actividades de siembra y de ecoturismo. Nos ayuda a pensar la propuesta de valor, los recursos, los aliados, los segmentos de personas a las que queremos llegar. Lo aplicamos, por ejemplo, en la creación de la ruta ecoturística San Pedro Chicamocha. Queremos que la gente venga, conozca la Ceiba, siembre con nosotros, aprenda sobre el fique, y se enamore del territorio”.
El reto, dice, ha sido conectar con públicos que no tienen una formación ambiental. “Cuando uno habla con caminantes, con estudiantes de biología o ingeniería ambiental, es fácil. Pero cuando te acercas a otras personas, hay que construir un lenguaje común. Por eso creamos experiencias más completas, que incluyan identidad, arte, cultura, comida, memoria. Así se siembra también la conciencia”.
Liderazgo con raíz y alas
Actualmente cursa quinto semestre de Tecnología Ambiental en las Unidades Tecnológicas de Santander (UTS). “Después de muchos años de activismo, sentí la necesidad de tener herramientas más técnicas. Quiero aprender sobre suelos, fuentes hídricas, aire, biodiversidad, todo lo que me permita defender con argumentos lo que ya defiendo con el corazón”.
Su participación en el programa Lideremos marcó un antes y un después: “me ayudó a entender mis emociones, a gestionar mejor mis relaciones, a pensar en el liderazgo desde el cuidado, la empatía y la comunicación. Además, me permitió conocer otros líderes de la región y soñar con sumar más personas a esta causa”.

Fue también en Lideremos donde reafirmó su vocación pedagógica. Ha creado seminarios de liderazgo ambiental, organizados por él mismo, e invitado a expertos a diseñar módulos de formación. “Durante la pandemia hice dos seminarios virtuales, y ya pude hacer uno presencial. Estoy organizando el siguiente. Mi idea es formar multiplicadores, líderes ambientales en los barrios, en los colegios, en las universidades. Porque cuidar un árbol es cuidar la vida, y ese mensaje hay que expandirlo”.
David lo repite con claridad: sin comunidad, no hay restauración posible. “La gente del campo ya es consciente de lo que hay que cuidar. Ellos entienden que sin agua no hay cultivo, que sin árboles no hay agua. Lo que necesitamos es sumar conocimientos, coordinar esfuerzos, y reconocer esos liderazgos naturales que ya existen”.
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Por eso trabaja con niños y niñas de San Pedro, para que ellos sean los próximos guardianes de la Ceiba. “Hacemos talleres para que conozcan el árbol que crece en su territorio. Cuando uno explica con amor, cuando transmite la pasión por el bosque, por el río, por el ecosistema, esa semilla queda sembrada en el corazón. Y si la cuidamos, germina”.
David sueña con que Sembremos se convierta en una ONG regional que promueva la restauración ecológica, proteja especies en riesgo, y articule proyectos educativos y científicos con universidades, colegios y comunidades. También se ve a sí mismo como docente universitario, dirigiendo iniciativas con un enfoque integral: “el corazón de los proyectos tiene que ser la comunidad. Esa es mi visión. Que en cada ecosistema de Santander haya una propuesta viva de restauración y conciencia. Y que desde la academia podamos apoyar y conectar esas ideas”.
Cuando se le pregunta qué consejo le daría a alguien que quiere empezar un proyecto ambiental, David no duda: “arranque usted solo. Haga la primera limpieza, instale la primera caneca, siembre el primer árbol. No espere ser profesional ni tener plata. Si tiene un deseo de actuar, actúe. Que seguro alguien lo verá, lo apoyará. Las redes, los recursos, las personas llegan. Pero la primera semilla la tiene que sembrar usted”.










