Ola verde
Domingo 27 de septiembre de 2026 - 05:38 PM

La danza de las ballenas jorobadas en el Pacífico colombiano

Entre ballenas yubartas, aves migratorias y miles de viajeros, el Pacífico colombiano vive cada año una temporada en la que la naturaleza transforma la región en un destino único.

El salto de una ballena jorobada, un mágico y coordinado movimiento que eleva esta inmensa mole por encima de los cinco metros (Suministrada por César Mauricio Olaya / VANGUARDIA)
El salto de una ballena jorobada, un mágico y coordinado movimiento que eleva esta inmensa mole por encima de los cinco metros (Suministrada por César Mauricio Olaya / VANGUARDIA)

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Publicado por: César Mauricio Olaya Corzo

A partir de agosto, el Pacífico colombiano recibe tres grandes migraciones que le dan un matiz especial a estos territorios bañados por sus oscuras aguas y que, para el mundo científico, hacen parte del llamado Chocó Biogeográfico.

Dos de ellas corresponden a especies del reino animal: las aves y los cetáceos. La tercera tiene una relación más cultural y social que biológica: el turismo.

Por un lado, un estimado de 150 especies de aves provenientes de Canadá, Estados Unidos y el norte de México llegan hasta las selvas, playas, acantilados, islotes y formaciones rocosas que se extienden a lo largo de aproximadamente 1.340 kilómetros de la franja marítima del Pacífico colombiano. Su llegada está relacionada con las condiciones climáticas que, durante varios meses, dificultan el acceso al alimento en el norte del continente.

La otra gran migración corresponde a la ballena jorobada o yubarta, que llega desde el sur del continente después de casi tres meses de viaje entre las gélidas aguas de la Antártida y el trópico.

A diferencia de las aves, su desplazamiento responde principalmente a un propósito reproductivo: parir sus crías e iniciar un nuevo ciclo.

La tercera migración está conformada por los viajeros que llegan para observar de cerca a estos gigantes del océano.

Sobre la aleta de las ballenas jorobadas se pueden apreciar los llamados
percebes, un molusco de la familia de los cangrejos
 (Suministrada por César Mauricio Olaya / VANGUARDIA)
Sobre la aleta de las ballenas jorobadas se pueden apreciar los llamados percebes, un molusco de la familia de los cangrejos (Suministrada por César Mauricio Olaya / VANGUARDIA)

De acuerdo con cifras del Ministerio de Desarrollo Económico, unos 35 mil turistas nacionales y extranjeros permanecen al menos tres días en destinos como Nuquí, Bahía Solano, Guapí y el Parque Nacional Utría. A ellos se suman más de 290 mil viajeros de paso que permanecen entre uno y dos días.

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Las ballenas jorobadas: un ritual de gala

Hace unos años atrás y en medio del fragor de la campaña presidencial en Colombia, los titulares de prensa pusieron sus focos en esta región del país, cuando uno de los candidatos más fuertes, en lugar de tomar posición política en favor de una de las opciones que llegaban a segunda vuelta, manifestó que optaba por irse a ver ballenas.

Esta decisión, que le valdría al candidato el señalamiento de ‘tibio’ en materia electoral, para el sector del turismo representó, curiosamente, una milagrosa multiplicación de visitantes.

Juan Fernando Salinas, guía jefe de una empresa especializada en pesca deportiva y avistamiento, cuenta que llegó al Pacífico después de ejercer durante años como médico. Allí encontró una nueva forma de relacionarse con la naturaleza y hoy acompaña a viajeros en la búsqueda de ballenas, cachalotes, orcas y tiburones ballena.

“El avistamiento de la ballena jorobada es una experiencia que cambia vidas. Acá el plan es de desconexión absoluta y el objetivo es que el viajero se lleve una experiencia que nunca va a olvidar”, explica.

Una ballena jorobada y su ballenato juguetean, en un proceso que mezcla enseñanza y cuidados previos al próximo viaje por emprender hacia las frías aguas del sur (Suministrada por César Mauricio Olaya / VANGUARDIA)
Una ballena jorobada y su ballenato juguetean, en un proceso que mezcla enseñanza y cuidados previos al próximo viaje por emprender hacia las frías aguas del sur (Suministrada por César Mauricio Olaya / VANGUARDIA)

Cada año llegan entre 6.000 y 8.000 ballenas al Pacífico colombiano, un poco más de la mitad de ellas hembras que vienen a parir sus ballenatos. Sin embargo, encontrarlas no está garantizado.

Y es que hay dos cosas donde la naturaleza manda: primero, la inmensidad del territorio. Y segundo, el tema climático, si se tiene en cuenta que esta parte del país es la segunda con mayores índices de pluviosidad en el planeta.

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Tras cerca de una hora de navegación, el capitán Edwin identifica a la distancia el característico chorro que anuncia la presencia de ballenas. Minutos después aparecen unos delfines y luego las esperadas yubartas, científicamente denominadas Megaptera novaeangliae.

A menos de cinco metros del yate aparece una madre de más de 15 metros junto a su cría, que ya supera los cuatro metros.

El encuentro me obliga a improvisar: el teleobjetivo elegido dificulta poder abarcar semejante tamaño a tan corta distancia. El guía, no obstante, me tranquiliza y me dice que habrá otras oportunidades.

El nombre de 'Jorobada' se relaciona con la arcada que hacen con su cuerpo durante sus desplazamientos (Suministrada por César Mauricio Olaya / VANGUARDIA)
El nombre de 'Jorobada' se relaciona con la arcada que hacen con su cuerpo durante sus desplazamientos (Suministrada por César Mauricio Olaya / VANGUARDIA)

La naturaleza premia: el mágico salto de una ballena jorobada

Cinco salidas de entre tres y cinco horas de navegación permiten disfrutar de al menos diez encuentros con estos mamíferos, además de actividades como la liberación de tortugas, el avistamiento de aves, el buceo de superficie y la gastronomía del Pacífico.

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El esperado salto, sin embargo, no aparece durante los primeros recorridos. Todo cambia al atardecer del último día. “Hay un ballenato justo a nuestro lado y está asomando la nariz; es muy probable que se esté preparando para realizar un salto”, advierte Fernando.

Minutos después, el pequeño gigante emerge entre las aguas y ofrece uno de los momentos más esperados del viaje. El salto provoca una ola de agua salada que cae sobre los viajeros que apuntaban sus celulares hacia el joven ballenato.

El Pacífico vuelve a demostrar que, aunque la naturaleza no garantiza el espectáculo, algunas veces decide premiar a quienes esperan.

La ballena jorobada se mueve a más de 25 kilómetros por hora frente a la mirada atónita de los observadores. (Suministrada por César Mauricio Olaya / VANGUARDIA)
La ballena jorobada se mueve a más de 25 kilómetros por hora frente a la mirada atónita de los observadores. (Suministrada por César Mauricio Olaya / VANGUARDIA)

Turismo exóticamente maravilloso

La oferta de avistamiento de ballenas en el Pacífico colombiano es amplia. Sin embargo, la experiencia también depende de las condiciones de navegación y de seguridad.

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Anigua Pacific, empresa que acompañó este recorrido, tiene sus raíces en la pesca deportiva y desarrolla actividades en diferentes regiones del país. Entre diciembre y abril se traslada hacia territorios de la Orinoquía, mientras que durante otras temporadas regresa al Pacífico para ofrecer experiencias de pesca, buceo y avistamiento.

“Nuestros visitantes de pesca deportiva conforman una verdadera Torre de Babel, pues provienen de Indonesia, Japón, Rusia y Estados Unidos. Para todos, el lenguaje común se resume en pocas palabras: caña, hilo, señuelo, carnada y pique”, comenta Salinas.

Así, entre ballenas, aves, selvas y viajeros, el Pacífico colombiano convierte cada temporada de migración en un encuentro entre naturaleza, turismo y aventura.

Publicado por: César Mauricio Olaya Corzo

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