sábado 11 de septiembre de 2021 - 12:00 AM

Ser musulmán después del 11-S: Odio, prejuicios y discriminación

Bajo la sombra de los atentados del 11 de septiembre de 2001, muchos musulmanes han tenido que soportar el peso de las miradas escrutadoras, hostilidad, rechazo, vigilancia, racismo y sospecha. Una comunidad religiosa puesta bajo la mira.
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En los meses posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001, la islamofobia fue el común denominador en Estados Unidos y alrededor del mundo.

A ojos del público, rezar a Alá se convirtió en motivo de discriminación, sesgo, humillación y acoso. Mezquitas fueron blanco de ataques y barrios musulmanes puestos bajo vigilancia en varias ciudades de EE.UU. Los musulmanes fueron tachados de terroristas, peligrosos, violentos, dando paso a una verdadera ‘cacería de brujas’.

El recuerdo de aquel día de que un comando de 19 “supuestos musulmanes” de la red terrorista Al Qaeda estaba detrás de los ataques en Nueva York, Washington y Pensilvania fue el detonante.

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Si bien el rechazo y los prejuicios que enfrenta esta comunidad no comenzaron aquel fatídico 11-S, sí encontró un fértil caldo de cultivo y exacerbó dramáticamente la animosidad, la desconfianza y la sospecha hacia los musulmanes.

Hay que recordar que, las semanas siguientes al 11-S, más de 1.000 personas fueron detenidas por el FBI y sus derechos civiles se vieron resentidos con la guerra que Estados Unidos emprendió contra el terrorismo islámico, por sospechas de apoyar a grupos terroristas que no fueron concluyentes.

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Incluso aumentó el número de delitos de odio contra los musulmanes en Estados Unidos a partir de esa fecha. Las agresiones contra musulmanes aumentaron un 1.700% como consecuencia de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, según datos de la ONG Human Rights Watch.

Ese año, se registraron 481 ataques contra musulmanes con respecto al 2010, que reportó 28 casos. Y desde entonces se ha mantenido en un nivel muy superior al de los años previos a 2001.

Un fenómeno que persiste

Lo más grave del asunto, la discriminación hacia los musulmanes persiste ahora como hace 20 años. Es más, en varios países, el discurso de odio y las políticas antimusulmanes se han normalizado de forma peligrosa a todos los niveles de la sociedad.

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No es una coincidencia que en marzo de 2019, el australiano Brenton Tarrant matara a 51 personas en los tiroteos en una mezquita Christchurch, en un atentado sin precedentes en la historia de Nueva Zelanda.

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Antes del ataque, Tarrant había publicado un manifiesto online en el que detallaba su odio hacia los musulmanes.

Gina Reyes, docente investigadora de la Universidad de La Salle, explica que tras los acontecimientos del 11-S, surge un sentimiento hacia el Islam que se identifica con el terror y el rechazo.

“Básicamente porque se da inicio a lo que se conoce como la guerra del terror, emprendida por el expresidente George W. Buh”, recuerda.

Un enfoque de ver el Islam y a sus seguidores de forma negativa en Occidente, debido a las acciones bélicas de un grupo de creyentes que han interpretado de manera radical y muchas veces equivocada, los dogmas y las creencias religiosas.

Datos del FBI apuntan a que los crímenes contra creyentes del Islam y mezquitas en EE.UU. se han mantenido en niveles similares desde el 11-S.

En general, a su juicio, se trata de un fenómeno de mostrar al mundo el Islam como una religión peligrosa o que atenta contra los derechos y la seguridad de la humanidad.

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“Se busca tener un enemigo contra el cual actuar frente a los sucesos del 2001y ese enemigo se configura en el Islam “, señala Reyes, al referirse al auge de la islamofobia.

No obstante, la investigadora de Unisalle insiste en que no se puede caer en las generalidades porque de los cerca de 1.800 millones de musulmanes en el mundo, hay una cifra muy reducida responsable de este tipo de prácticas terroristas.

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No es nuevo

Si bien los ataques del 11-S exacerbaron ese odio y xenofobia en contra de los musulmanes, Carlos Andrés Pérez, investigador de la Escuela de Política y Estudios Globales John W. McCormack de la Universidad de Massachusetts en Boston (Estados Unidos), aclara que esta comunidad religiosa en EE.UU. ha sufrido históricamente este tipo de conductas.

En su concepto, cuando desató la “guerra global contra el terror” se abrió una “caja de pandora”: No solo se generó más inseguridad para estas personas, sino que se arraigó esa violencia estructural que existía en el país norteamericano, y que se extendió al mundo.

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“La tergiversación de la información de lo que ocurrió, y la connotación de otorgarle un tema religioso y radical a todo este componente político que se venía presentando, pues puso en mayor riesgo” y en el punto de mira a los musulmanes, describe el experto.

En conclusión, según Pérez, no es un tema nuevo, pasaba antes del 11-S no tan conocido por la gente ni los medios, pero que luego de los atentados, se vuelve una agenda política, que legitimó guerras en Iraq y Afganistán, ataques preventivos, detenciones arbitrarias, políticas discriminatorias de migración, y de paso, aumentó la islamofobia.

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Libertad o seguridad

Las reglas de juego cambiaron luego de los atentados de 2001 en EE.UU., lo que planteó el dilema de libertad o seguridad.

En ese sentido, Carlos Andrés Pérez, investigador de la Universidad de Massachusetts, sostiene que cuando se habla del tema de violación a los derechos humanos, se habla de violencia ejercida por el mismo Estado, o que es “cómplice” de este tipo de prácticas.

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No hay que olvidar que las detenciones de decenas de personas, en su mayoría musulmanes, en la base naval de Guantánamo fueron parte de la respuesta al 11-S. Y Guantánamo, es hoy por hoy, símbolo de las violaciones a los derechos humanos y de 39 presos sin condena.

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Desde la perspectiva de José Ángel Hernández, director de la Maestría de Historia Contemporánea de la Universidad Sergio Arboleda, el odio después de unos atentados de esa magnitud y contra la comunidad musulmana es lógico, y por lo que se busca un culpable, una especie de chivo expiatorio.

Estados Unidos, un país donde la comunidad musulmana conforma únicamente el 1% de la población, registra más de un centenar de crímenes de odio al año.

“Lo que pasa es con el paso del tiempo, no ha menguado el odio que siento el mundo islámico hacia el mundo occidental, y esa incomprensión entre esos dos mundos, sigue” e incluso se ha incrementado en nuestros días”, advierte.

Si a ello se le suma el dinamismo del mundo islámico y “cierta indolencia y resignación por parte del mundo occidental”, Hernández augura tiempos futuros muy complicados, especialmente para Occidente.

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Ángela Castro Ariza

Periodista de Vanguardia desde 1996. Egresada de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Miembro del equipo de la página internacional. Editora nocturna.

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acastro@vanguardia.com

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