“Es necesario emprender la reconstrucción moral de la Patria para retornar a la normalidad, hay que extirpar la violencia y levantar la cultura del pueblo para evitar la lucha de clases, el delito y el derramamiento de sangre de los colombianos”.
En términos netos, el Departamento de Santander solo ha tenido un presidente de la República oriundo de su territorio: el barichara Aquileo Parra Gómez. Nuestro consuelo, de tontos, es que el Departamento de Nariño no ha tenido ni uno. Pero, quiero decirles que estuvo a punto de tener uno muy brillante. Hablo del abogado Domingo Sarasty Montenegro, nacido en 1906 en Pupiales. El país oyó su voz por la Radiodifusora Nacional el 7 de agosto de 1950, cuando actuando como presidente de la Corte Suprema de Justicia le dijo al nuevo presidente: “Es necesario emprender la reconstrucción moral de la Patria para retornar a la normalidad, hay que extirpar la violencia y levantar la cultura del pueblo para evitar la lucha de clases, el delito y el derramamiento de sangre de los colombianos”.
Admirado, el presidente Laureano Gómez lo nombró ministro de Gobierno de su Administración. Como había heredado un país bajo el régimen de estado de sitio, en 1950 no sesionó el Congreso y esta situación imposibilitó la elección de un designado a la Presidencia. Como Gómez sufría del corazón, resolvió el asunto con el decreto 2996 de 1950, que dispuso la sucesión del presidente con el orden jerárquico de los ministros del Despacho: Gobierno, Relaciones Exteriores, etc. Fue así como el doctor Sarasty estaba llamado a ser presidente el 4 de noviembre de 1951, cuando tras dos ataques cardíacos se llamó al designado a reemplazarlo por el resto de su período presidencial. Pero hacía tres meses y medio que había renunciado al empleo en favor de Roberto Urdaneta Arbeláez, quien el último día de octubre anterior fue ratificado por el Congreso como designado y el 5 de noviembre se convirtió en el nuevo presidente.
Nuestra Señora de las Lajas no lo ayudó ni a él ni a nosotros, porque, si hubiera sido el presidente durante el sábado 13 de junio de 1953, con sus finas maneras hubiera manejado mejor al teniente general Gustavo Rojas Pinilla, inhibiendo su decisión de dar el golpe de estado. Nos habríamos ahorrado un gobierno militar, y los nariñenses estarían más orgullosos de lo que están hoy.











