La semana pasada en la columna “Dos rumbos, no tres”, planteaba que Colombia enfrenta una elección que trasciende los candidatos y nos obliga a decidir entre dos visiones profundamente distintas de país.
Días después, una amiga me escribió, no para descalificar mis argumentos ni para intentar convencerme de votar por otro candidato. Hizo algo más valioso: me invitó a mirar el mismo problema desde otra perspectiva.
Su reflexión me recordó que las democracias pueden analizarse en diferentes escalas.

La primera es la institucional. Allí habitan la Constitución, la separación de poderes, la independencia de los jueces, la autonomía del Banco de la República y los contrapesos que limitan el poder. Desde mi óptica, esa es la discusión más importante, porque las reglas de juego son el marco que permite que todas las demás diferencias puedan coexistir.
Por eso siempre he creído que modificar las reglas para favorecer a quien gobierna constituye uno de los mayores riesgos para cualquier democracia.
Esa convicción aplica para todos. A pesar de considerar el primer gobierno de Uribe el mejor de nuestra historia reciente, su reelección me generó reservas por la misma razón que me las genera la de Bukele. Las reglas no pueden depender de quién ocupe el poder. Deben existir precisamente para regularlo.
Pero mi amiga me recordó que existe una segunda escala. La humana.
La de quienes viven en el Catatumbo, en el Pacífico, en el Urabá o en cualquier rincón del país donde las promesas llegan con facilidad, pero los resultados rara vez aparecen.
La de quienes votaron por el cambio y sienten frustración porque nunca llegó.
La de quienes temen perder lo construido.
La de quienes exigen seguridad, oportunidades, inclusión, reconocimiento o simplemente un Estado que funcione.
Detrás de cada voto existen historias, decepciones, esperanzas y anhelos distintos, precisamente esa reflexión reforzó mi posición.
Porque después de analizar el debate desde la escala institucional y desde la escala humana, reitero mi convencimiento de que la principal tarea de Colombia es preservar las reglas democráticas que permiten que todas esas diferencias puedan convivir dentro de una misma nación.
Por eso considero que Abelardo de la Espriella representa, en segunda vuelta, la única posibilidad de defender la institucionalidad, la separación de poderes, las libertades individuales y el Estado de Derecho.
Pero si resulta elegido, tendrá una obligación igual de importante: gobernar para todos: quienes votaron por él y quienes no; quienes lo ven como una esperanza y quienes lo ven como un riesgo.
Porque las elecciones sirven para escoger gobernantes, pero la democracia existe para proteger a todos los ciudadanos.
Mi amiga amplió mi reflexión. Y precisamente por eso, hoy estoy más firme que nunca.
La democracia implica libertad. Pero exige responsabilidad.











