Aprovechando la coyuntura de la transmisión del mando presidencial del gobierno del Cambio a la Patria Milagro, dedicaré las columnas de agosto a hacer un balance de lo que deja Petro. Para ello intentaré fundamentar semejante empresa en las cifras, dejando a un lado la intuición y, sobre todo, la pasión que despiertan nuestras preferencias en la política. Nada fácil. Toda pretensión de objetividad en este tipo de asuntos siempre será cuestionada.
Lo primero que hay que decir es que, a una semana de entregar el poder, el pronto expresidente defraudó a quienes juraban —y quizá, muy en lo profundo, deseaban— que no lo entregaría. Que íbamos a tener que sacarlo de allí, si era menester, a bombazos, por usurpar la Casa de Nariño, que quizá nunca le perteneció del todo y que pronto veremos convertida en un museo, según promesa del nuevo mandatario.
Lo segundo es que el gobierno deja países superpuestos; de ahí el título de la columna. Esto se deriva del nivel de complejidad de nuestro terruñito, donde la política pública funciona como una cobija pequeña. Si te tapas el pecho, te descubres los pies. La plata nunca alcanzará, navegamos sobre un mar de necesidades que siempre quedan insatisfechas, a pesar de los esfuerzos que se hagan desde el poder central.
Entre los logros se cuentan la caída de la pobreza monetaria, el desempleo en un solo dígito, los miles de jóvenes que pueden acceder a la educación superior sin pagar un peso de matrícula, los avances en energía solar y eólica, y los títulos de tierras que contribuyeron a la llamada reforma agraria.
En el lado oscuro aparecen el déficit fiscal, el repunte de la inflación, la crisis de la salud —para la que fue imposible tramitar una reforma conciliadora en el Congreso— y el estruendoso fracaso de la paz total.
Ambas imágenes son verdaderas. El error sería escoger una y borrar la otra. El mejor legado de Petro es distributivo. Su peor legado es haber confundido demasiadas veces la voluntad política con la capacidad estatal. Un anuncio no es una política; una intervención no es una solución; una hectárea formalizada no es todavía una finca productiva; un megavatio instalado no reemplaza redes ni gas de respaldo; un cese al fuego no protege a una comunidad si el grupo armado puede expandirse.
Colombia no necesita una sentencia sobre Petro. Al parecer, ya va de salida. Necesita una contabilidad honesta de sus resultados. El país mejoró donde la política tocó ingresos y acceso, y se desordenó donde exigía coordinación, transición y control. Esa doble herencia es el punto de partida. Negarla sería, simple y llanamente, propaganda. Aprender de ella sería gobernar.











