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Viernes 13 de diciembre de 2024 - 01:07 AM

El tigre que está perdiendo sus rayas

En La otra raya del tigre Pedro Gómez Valderrama recordaba que el nombre de Santander había alguna vez despertado los asombros del país no solo por esta imponente geografía. También, en su momento, lo había hecho por una como bíblica prosperidad, por una decidida pujanza, por un carácter a la vez recio y poético. El sonido de su nombre –apuntaba– tenía las notas de una tierra prometida.

Publicado por: POR SIMÓN JOSÉ ORTIZ

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Íbamos por tierra desde Zapatoca hacia Bogotá, a un lado las faldas de la Serranía y al otro, ríos y cañones todavía hoy casi impenetrables. La Fuente, Galán, El Palmar irían apareciendo y desapareciendo. Y también, en un momento de suerte, el borroso Nevado del Cocuy, del que ya no queda mucho.

Aunque la moto reemplazó casi por completo al caballo y a los relinchos se los comió el ruido seco de los motores, uno con el que nos detenemos a hablar dice que el carácter de los jinetes no se ha perdido del todo por esos lados, que buenos domadores todavía se encuentran en la región y que «cuando quiera nos damos una vuelta». «¡Ah tiempos! ¡Si era un orgullo / ver jinetiar un paisano!», cantaba el Martín Fierro.

La vista era imponente y brutal, y el aire, meridiano. Curiosamente, bajo ese calor uno podía sentir cualquier cosa menos nostalgia. Ella –más tarde lo sabríamos– no tiene nada que hacer entre estos mares de piedra, espinos y pliegues de verde celedón; ella –más tarde lo averiguaríamos– era más propias de aquellos verdes laguna repartidos por el altiplano cundiboyacense.

Porque en esos paisajes santandereanos, al menos a esa hora del día, no hay tiempo para ninguna clase de tristeza. Todo es plenitud, pero la plenitud del fuego; todo arde pero nada se consume. Y es que, ¿cómo puede convertirse en ceniza algo cuyo fuego nunca se apaga? Eso, en cierto modo, eran aquellos cañones al mediodía.

En La otra raya del tigre Pedro Gómez Valderrama recordaba que el nombre de Santander había alguna vez despertado los asombros del país no solo por esta imponente geografía. También, en su momento, lo había hecho por una como bíblica prosperidad, por una decidida pujanza, por un carácter a la vez recio y poético. El sonido de su nombre –apuntaba– tenía las notas de una tierra prometida.

No en vano, decía Valderrama, había allí «pueblos blancos como el Socorro, donde los ímpetus se adormecían al ritmo de los telares ingleses; como Zapatoca, donde las manos de las mujeres parecían tejer las tardes mismas en las alas de sus sombreros de exportación; como Bucaramanga, toda rodeada de los aromas del café, del tabaco y de la fragancia de las tenerías».

Mientras nos acercamos al centro del país no podemos dejar de pensar –he ahí la nostalgia de los verdes oscuros– ¿hoy por hoy qué queda de nuestro departamento? Santander sigue siendo un territorio privilegiado y, sin embargo, de un lado al otro se ve terriblemente deteriorado.

A nivel nacional ha sido relegada por los últimos cuatro presidentes, y a nivel departamental y local, nuestra «clase» política no ha dejado un solo momento de mostrarse como carente visión, de inteligencia, de vocación de servicio y de misión.

Mientras tomamos café en la frontera borrosa de los departamentos yo me pregunto exactamente dónde estaremos, si en Boyacá o si en Santander. «Si la carretera sigue llena de huecos», sentencia mi papá, «es porque todavía seguimos en Santander». Es la historia del tigre que está perdiendo sus rayas.

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