Habíamos salido de los lares santandereanos hacia Bogotá para formarnos allí académicamente; por tal razón en esos años 60 formábamos parte del paisaje humano de aquellas calles que siglos atrás habían trazado, en lo alto de la cordillera, sobre la fría sabana de los Chibchas, los expedicionarios enviados por la Corona Española para que sometieran a gentes y tierras a sus mandato
Corrían los años 60. Hacía solo dos décadas habíamos llegado a la vida, teníamos 20 años y un añoso tango de Gardel pregona que “20 años no es nada, que febril la mirada” pero ese era entonces nuestro inventario como seres y por eso teníamos ansias de sorber exhaustivamente todo. Éramos entre ocho y diez muchachos, quizás uno o dos más, según el momento. Habíamos salido de los lares santandereanos hacia Bogotá para formarnos allí académicamente; por tal razón en esos años 60 formábamos parte del paisaje humano de aquellas calles que siglos atrás habían trazado, en lo alto de la cordillera, sobre la fría sabana de los Chibchas, los expedicionarios enviados por la Corona Española para que sometieran a gentes y tierras a sus mandatos, costumbres, lengua y creencias.
Para nosotros todo era alegría, regocijo, fraternidad, mientras la historia señalaba que formábamos parte de aquella generación que estaba, a arañazos, rasgando costumbres en la “aldea global” de McLuhan, creando la contracultura, buscando nuevas formas de vida y por ello las modas que vestíamos, la música que oíamos, el pelo largo que lucíamos y hasta las puertas que se estaban rompiendo para que entraran cosas tales como la liberalización de las costumbres sexuales. Mientras tanto, en el mundo había gigantescos avances científicos, surgían nuevas tecnologías, comenzaba la conquista del espacio, aparecían los transistores, la informática, los computadores, los anticonceptivos, los trasplantes del corazón. Muchos valores y conceptos sufrían un inmenso sacudón, eran años maravillosos.
En medio de ello, éramos una decena o docena de muchachos que vivíamos en pensiones bogotanas de estudiantes, sin un cuartillo en los bolsillos, con la risa a flor de labios, teniendo por evangelio nuestra camaradería. Años después, la vida sentenció que cada cual debía tomar su propio rumbo pero quedamos atados a una amistad irrompible labrada en el mejor momento de nuestras vidas.

Uno a uno, excepto uno o dos, todos han tomado ya camino del más allá, han subido a la barca de Caronte y este, con su pértiga, ha empujado la embarcación llevándoles a la otra orilla del río de los muertos, donde han desembarcado y se han internado en el valle de los ausentes. El que más recientemente ha hecho tal travesía ha sido Mario González Vargas, uno de los más lúcidos de nosotros, de los más desprendidos, quien hace algunos días atravesó el rio del inframundo.
De Mario guardo exquisitos e imborrables recuerdos. Espero que haya llevado al más allá el mensaje de que en esta orilla aún quedamos un par de aquellos que como una fratria gozamos exquisitamente los memorables años 60.











