Esta semana falleció Gabriel Latorre, sociólogo, escritor, humanista; hombre íntegro, sensato, con cualidades humanas auténticas. Quiero evocar aquí una de sus creaciones destacadas: el Museo del Nunca Jamás, obra itinerante del Observatorio Pedagógico para la Transformación Cultural y la Construcción de Paz.
Desde hace casi 25 años, el Museo expone métodos y herramientas de crianza y educación muy parecidos a objetos de tortura. Las réplicas de métodos de castigo se agrupan en las colecciones: La guerra empieza por casa y La letra con sangre entra. Pero la exposición no se limita a presentar las violencias intrafamiliares y escolares, reflejo de la rigidez de los adultos y del adultismo imperante, cuando educar significaba frenar, atar, domar… El Museo aborda también alternativas y esperanza, con muestras de juegos y juguetes, como invitaciones a disfrutar, reír, compartir y aprender…
En palabras de Gabriel, el Museo Nunca Jamás “es una propuesta para abordar el problema de la violencia desde la pedagogía y el arte. Nosotros partimos de un análisis de la violencia originada en códigos culturales a través de la historia, para que nunca jamás se vuelvan a repetir esos modelos. Es mejor que un rejo esté en un museo y no colgado de la mano de un agresor” (El Tiempo, 10/09/2001).

Nada que ver con las propuestas educativo-represivas del candidato Abelardo, quien asegura que lo que necesitan los hijos son “riendas” —obviamente no sueltas— y promete acabar con la juventud rebelde y los “ni-ni”. Sin hablar de darles empleo, pero prometiéndoles la universidad en casa, “si no tienen cómo salir de su vereda”. Como si educarse y formarse fuera pegarse en solitario a una pantalla y comer libros en la virtualidad sin más interacción social.
Luego, se creó el 2.º Museo del Nunca Jamás, enfocado en las violencias hacia las mujeres, principalmente dentro de los hogares; muchas son estragos de los roles de género tradicionales estrictamente establecidos. Estos mismos que el candidato Abelardo vive y defiende, con anhelo de restablecerlos en todas las familias colombianas. La visita de esta muestra artística, respaldada por investigaciones serias y una gran variedad de testimonios, guiada por Gabriel mismo, podía resultar terapéutica. Gabriel explicaba con la convicción de un hombre alejado de expresiones machistas, abierto al cambio y a la equidad con corresponsabilidad. Un hombre “de verdad”.
Preocupa que el candidato dandi, italogringo, quien aspira a estrenarse de mesías para enderezar a Colombia, profese también su fe en la “familia tradicional” y la congelación de sus roles históricos, sin mencionar siquiera la corresponsabilidad. Porque “la vida es para vivirla, hay que gozarla” —justificando así haber tenido como “seis o siete novias a la vez”, con la clave: “hay que ponerlas de acuerdo”—.











