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Miércoles 22 de julio de 2026 - 01:00 AM

Aprendiendo a desaparecer

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Existe una sensación con la que muchas mujeres estamos familiarizadas, pero poco verbalizamos. Ni la edad, ni los logros o los años recorridos nos impiden sentirla. A veces aparece en medio de una conversación o frente al espejo y nos susurra, implacablemente: “Hazte pequeña; deja de ocupar tanto espacio”. Y así es como empezamos a encoger nuestra inmensidad.

En muchas conversaciones con otras mujeres y conmigo misma he descubierto que ese sentimiento no es una excepción; es casi un idioma compartido. Sentimos la necesidad de desaparecer un poco, de disminuir, de pedir o molestar menos, porque tal vez eso fue exactamente lo que aprendimos.

Nos enseñaron que una “buena mujer” es la que pasa desapercibida, la que debe maquillar su tristeza para no incomodar o esconder su deseo para evitar ser juzgada. Nos dijeron que el cansancio era falta de carácter, que hablar de dinero nos convertía en ambiciosas, que los kilos de más suponían un fracaso moral y que celebrar los triunfos propios nos hacía arrogantes.

Pequeña la voz para no parecer intensa, pequeñas las opiniones para no generar conflicto, pequeños los sueños para no intimidar, pequeñas las lágrimas para no ser “dramáticas” y pequeñas las arrugas, el abdomen, la edad, el apetito, el enojo, la risa. Incluso la felicidad debía administrarse con prudencia para no parecer presumidas. Mientras tanto, el mundo seguía pidiéndonos ser extraordinarias.

No sorprende que tantas mujeres vivan con la sensación de ser insuficientes o con el llamado síndrome del impostor. Hoy sabemos que ellas presentan este fenómeno con mayor frecuencia que los hombres, según un metaanálisis que reunió a más de 40.000 participantes; y un estudio reciente, realizado en cinco países latinoamericanos, encontró que tres de cada cuatro mujeres evaluadas revelan rasgos de esta condición, asociados, además, con ansiedad, insomnio y depresión.

Puede que la verdadera dificultad no sea una falla individual, sino el resultado de generaciones enteras aprendiendo que ocupar espacio tiene un costo. Y, aun así, hay algo profundamente liberador en dejar de encogerse y permitir que la alegría, el deseo, el cansancio, las cicatrices, los logros, la inteligencia y hasta las contradicciones se noten.

Ser una mujer grande nunca fue el problema; el problema surgió al convencernos de que el tamaño correcto para una mujer era aquel que no incomodara a nadie. Quizá crecer, de verdad, empiece el día en que dejemos de medirnos por el espacio que ocupamos y empecemos a habitarlo completo.

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