Esta actividad, impulsada por la demanda de materiales para la construcción y la industria bogotana, alteró significativamente el paisaje y los ecosistemas locales, aunque no en vano sirvió para levantar a la más elegante de las capitales de Sudamérica, Santa Fe de Bogotá.
Publicado por: POR SIMÓN JOSÉ ORTIZ
Durante buena parte del siglo XX, el territorio que hoy forma parte del Parque Nacional Natural Chingaza fue intervenido por actividades extractivas, especialmente la minería de piedra caliza, liderada por la primera cementera del país, Cementos Samper.
Esta actividad, impulsada por la demanda de materiales para la construcción y la industria bogotana, alteró significativamente el paisaje y los ecosistemas locales, aunque no en vano sirvió para levantar a la más elegante de las capitales de Sudamérica, Santa Fe de Bogotá.
La sabana, bajo semejante impulso industrial, creció y creció, llenándose poco a poco de gente «de lo más guapa», como dicen mis amigos de Madrid, y, junto con ellos, «de lagartos, cornudos, caníbales, arpías y gallinazos» como decía –con bastante más conocimiento de causa– Alfredo Iriarte.

Como un recuerdo del apogeo cementero, cuando uno sube a Chingaza por La Calera puede observar las ruinas de la fábrica de La Siberia, construidas con tecnología alemana en 1933, el mismo año en el que Hitler fue proclamado canciller y en el que en la cuenca del río Putumayo se peleaba la guerra colombo-peruana por el control del Trapecio amazónico.
Corrían los beatos tiempos en los que la educación de las madres les enseñaba a las muchachitas que «el hombre decente no ensucia las aguas de las que más tarde quiere beber». Y si así estaban las cosas, ¿cómo era que Bogotá iba a ensuciar los que, poco a poco, se iban descubriendo como los más puros y magníficos manantiales de la región? Tarde o temprano, así pues, había que empezar a velar por un recurso sin el cual Bogotá sería inviable como capital.
El tiempo, en efecto, fue haciendo evidente la importancia ecológica y estratégica de Chingaza, lo que llevó a su declaratoria como parque nacional en 1977. Esto marcó un cambio hacia la protección de sus recursos y permitió que, con ellos, Bogotá creciera (muy desordenadamente, según se aprecia hoy), hasta erigirse como la principal economía del país.
En la actualidad, Chingaza es fundamental para el abastecimiento de Bogotá, pues le proporciona aproximadamente el 70% de su agua. Asimismo, de allí beben toda una serie de municipios cercanos, la ciudad de Villavicencio y, como si fuera poco, a través de las centrales hidroeléctricas de Chivor y Guavio, se genera el 13% de la energía del país.
La transición de Chingaza de una zona de explotación a un área protegida demostró ser una decisión acertada a largo plazo. Por eso, Chingaza, como ningún otro caso, da ejemplo de cómo la protección ambiental resulta más beneficiosa que las actividades extractivas.
La extracción de oro en Santurbán, impulsada por la codicia de un fondo árabe, implicaría dinamitar un ecosistema que actúa como esponja hídrica a gran escala. Y digan lo que digan los defensores del ecocidio, que un proyecto semejante se materialice equivale a generar un colapso ecológico irreparable.
Aunque a algunos les cueste creerlo, sin el páramo el Oriente colombiano vería cercenado su futuro. Y quién, como decía Cervantes, ¿quiere poner «a peligro de romperse / lo que no puede soldarse»? Solo alguien que, como los árabes, no vive aquí ni pierde nada con una eventual tragedia. Por eso, proteger Santurbán, del que dependen más de 2,5 millones de personas, debe ser una prioridad de las autoridades y la ciudadanía.
Envenenar la tierra y el agua, destruir suelos milenarios y dejar cicatrices irreversibles en la montaña por una riqueza efímera (que de cualquier forma quedará en manos extranjeras) no es solo una tragedia ambiental: es un crimen intergeneracional que comprometerá nuestra calidad de vida, así como la de nuestros hijos y nietos. La historia ya nos mostró el camino. Esta vez no tenemos derecho a mirar a otro lado.












