En la columna anterior hicimos referencia a la creciente falta de interés de los jóvenes por adelantar estudios de educación superior; al preocupante hecho de que una gran mayoría de profesionales no se desempeña en áreas afines a su formación académica; y al impostergable reto que deben asumir las instituciones de educación superior (IES) para hacer pertinentes sus currículos, cumpliendo el objetivo fundamental de formar individuos con conciencia ética, capacidad crítica, vocación democrática y compromiso ciudadano.
Según registros del Ministerio de Educación Nacional (MEN), en 2024 el 20 % de las matrículas en educación superior correspondió a programas en modalidad virtual, que, sin duda, prevalecerá en el futuro por las ventajas espaciales y temporales que ofrece a instituciones, docentes y estudiantes. Participar en entornos digitales mediante tecnologías emergentes resulta atractivo, pues permite un uso intensivo de las herramientas de Internet y el acceso a fuentes globales de conocimiento, aunque con el sacrificio —no menor— de la interlocución y el contacto humano.
Mientras algunas IES se esfuerzan por responder a esta nueva realidad, el MEN ha convertido en un verdadero viacrucis la obtención de registros calificados y la aprobación de nuevos programas. Además, ha abandonado la búsqueda de un modelo propio de educación superior que promueva profesionales orientados a la demanda social y a la transformación del tejido productivo, a través de una implementación amplia y decidida de los ciclos propedéuticos.

En paralelo, se ha conocido que la Universidad Nacional de Colombia adelanta —bajo la inspiración del gobierno nacional— un proceso constituyente articulado en cinco líneas de discusión, en las que no se abordan con la debida profundidad los temas referentes a la calidad educativa, la pertinencia de los programas ni la función investigativa, ejes que definen la misión de una institución universitaria. Por el contrario, la llamada transformación democrática se centra en el rediseño del sistema de gobierno, promoviendo la elección popular de rector y decanos, en una posible subordinación de la academia a las dinámicas electorales, con sus conocidos vicios. Ni siquiera ha merecido consideración el dato alarmante de que en el último proceso de admisión —celebrado hace un mes— solo se presentaron 25.000 aspirantes, frente a los 100.000 de hace ocho años.
¿Ha marchitado la ilusión de muchos colombianos la universidad más importante del país? ¿Cumplen otras universidades un derrotero similar? ¿Están las IES capacitadas y dispuestas a proponer una estrategia institucional que dé respuesta a los jóvenes que consideran que estudiar de poco o nada sirve?











