Mientras que a los líderes masculinos se les aplaude su templanza, determinación y ambición, a las mujeres se les impone una ecuación improbable, con demandas silenciosas y presiones estructurales: ser estrictas pero no duras, empáticas pero nunca débiles, imponentes pero siempre amables. Esta doble vara las empuja a sostener estándares inalcanzables, no solamente en su desempeño profesional, sino también en lo que a imagen pública y vida personal se refiere.
Según datos de la Cámara de Comercio de Bucaramanga (2023), solo el 29% de las empresas formales en Santander son lideradas por mujeres. En el sector público, la participación femenina en altos cargos apenas alcanza el 25%, a pesar de que el 52% de la población del departamento son mujeres. Esta brecha no solo es numérica, es también simbólica.
Aunque se han logrado avances significativos en términos de representación femenina en posiciones de liderazgo, la realidad es que muchas mujeres acceden a estos cargos con el peso de las expectativas sociales ligadas a su rol, su voz, su carácter y hasta su forma de vestir.
Una mujer líder debe “probar” constantemente que merece estar donde está. Se enfrenta con frecuencia a cuestionamientos sutiles sobre su autoridad, su capacidad para tomar decisiones difíciles o su compromiso con la familia. Hay una presión implícita por demostrar que puede “hacerlo todo” sin fallar en ningún frente: liderar con eficacia, criar hijos perfectos, estar emocionalmente disponible, cuidar su salud mental y física y, además, mantener una imagen impecable. ¿Es esto sostenible?
Además, algunas líderes encaran lo que se conoce como el “síndrome de la impostora”, una sensación de no ser lo suficientemente buenas o de haber llegado a sus cargos por suerte y no por mérito, fenómeno que afecta a 6 de cada 10 mujeres profesionales en Colombia, según un estudio del Observatorio Laboral de la Universidad del Rosario (2022).
Esta presión tiene costos reales, traducidos en altos niveles de estrés, renuncias prematuras, agotamiento emocional y una constante necesidad de validación social y profesional. Lo más preocupante es el mensaje que reciben las nuevas generaciones femeninas, quienes asumirán el liderazgo pensando en que ejercerlo implica sacrificarse a costa de su bienestar personal.












