En Santander, la presencia de mujeres liderando aulas, proyectos pedagógicos, equipos de orientación y actividades escolares es una realidad visible. Son gestoras del aprendizaje y guardianas del bienestar en sus comunidades educativas; pero cuando miramos el ápice de la pirámide del poder, la pregunta es inevitable: ¿dónde están las rectoras?
De acuerdo con el Ministerio de Educación Nacional, menos del 30% de las rectorías en Colombia están ocupadas por mujeres. En nuestra región, la cifra no es más alentadora. Si bien las mujeres dominan la planta docente —con un promedio del 72% de participación en instituciones oficiales y privadas—, los cargos directivos siguen en manos masculinas. Este panorama es un claro reflejo de un techo de cristal que nada tiene que ver con las capacidades, sino más bien con estructuras históricas, sesgos culturales y falta de oportunidades equitativas.
Este escenario resulta contradictorio si consideramos que las mujeres encabezan indicadores académicos en diversas áreas: son mayoría en la formación docente, protagonizan procesos de innovación educativa y construyen relaciones más empáticas y transformadoras con estudiantes y familias. Pero, ¿por qué no ascienden?
Las respuestas son múltiples y complejas. Por un lado, muchas mujeres encaran responsabilidades de cuidado que limitan su disponibilidad para asumir cargos de alta demanda. Por el otro, existe una cultura institucional que valora de forma desigual el liderazgo femenino, relacionándolo con lo emocional o lo “blando”, mientras los modelos jerárquicos, autoritarios y masculinizados continúan su hegemonía. Incluso en las convocatorias oficiales, el acceso a la formación y experiencia requerida suele estar sesgado por los mismos roles que históricamente excluyen a las mujeres.
Romper este techo de cristal no es solo una cuestión de justicia de género, es también una apuesta por una educación más diversa, más representativa y más equitativa. Las rectoras tienen una visión que incluye, escucha y prioriza el bienestar tanto como los resultados.
Necesitamos más mujeres en esos espacios, tomando decisiones clave sobre el rumbo de nuestras instituciones educativas.
Hoy, con más vehemencia, debemos cuestionarnos si nuestras estructuras escolares están formando ciudadanos del siglo XXI con modelos de liderazgo del siglo pasado. La educación no puede ser transformadora si sigue reproduciendo las mismas desigualdades que promete erradicar. Porque cuando una mujer lidera una escuela, no solo rompe un techo: abre una puerta para todas las niñas que vienen detrás.












