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Miércoles 06 de agosto de 2025 - 01:00 AM

Lo que decimos en la infancia resuena en la adultez

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“Es que es muy distraído”. “Ella es la mandona”. “Ese niño no tiene remedio”. “Siempre ha sido flojo, perezoso”. “Malgeniada como la mamá”. “El desordenado de siempre”. Estas frases ‘inocentes’ se repiten a diario en hogares y aulas que, lejos de describir comportamientos pasajeros, imponen sutilmente etiquetas que terminan moldeando la manera en que una persona se percibe a sí misma y cómo es vista por otros. Al final, lo que uno cree, lo crea.

La neurociencia ha comprobado que durante la infancia se consolidan las bases de la identidad, la autoestima y la autoconfianza. Cuando un niño o niña crece bajo etiquetas punitivas —aunque sean silenciosas—, su cerebro graba esa narrativa como una verdad. A medida que pasa el tiempo, esa ‘historia’ determina sus decisiones, su salud emocional y su relación con el entorno.

En la región, este fenómeno se evidencia en los indicadores de empleabilidad y sostenibilidad social. Según el Observatorio Regional del Mercado Laboral (ORMET), en 2023, cerca del 18% de los jóvenes santandereanos entre los 18 y 28 años no accedían ni a educación, ni a empleo, ni a formación técnica o profesional. Los “nini”, como comúnmente se le conoce a este grupo, muchas veces no se siente capaz ni encuentra sentido a los procesos formales o carga con frustraciones inconclusas de su etapa escolar. ¿Cuántos de ellos crecieron escuchando que “no servían para estudiar o trabajar” o que “no tenían futuro”?

A esto se le suma que Bucaramanga y su área metropolitana presentan una de las tasas más altas de informalidad laboral del país, superando el 60%, de acuerdo con el DANE. Esto indica que, aunque muchas personas laboran, lo hacen sin garantías, sin afiliación a seguridad social y sin posibilidades reales de movilidad social. De igual manera, la salud emocional juega un papel crucial, pues las personas que han sido etiquetadas como “problemáticas”, “difíciles” o “incapaces” tienden a autoexcluirse de escenarios de liderazgo, innovación o emprendimiento.

Admitir el poder del lenguaje es determinante si queremos romper con esta cultura de etiquetamiento. La disciplina consciente propone hablar de la conducta y no de la persona, por ejemplo, no es lo mismo decir “es un perezoso” que “hoy le costó concentrarse”. Nombrar lo que ocurre sin poner un juicio definitivo abre la posibilidad de cambio, crecimiento y reparación.

Si aspiramos a una ciudad —y un departamento— más sostenible, con jóvenes que lideren, creen y construyan futuro, necesitamos modificar los mensajes que damos desde la infancia.

Lo que decimos y cómo lo decimos importa y puede marcar una vida entera. Educar desde la observación, el respeto y la confianza no solo sana, sino que siembra esperanza. Esta es la base de cualquier transformación duradera.

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