Los debates que hacen los medios con los candidatos a la presidencia de la República debieran eliminarse por dos razones: porque la mayoría de los candidatos no son veraces ni auténticos y porque la selección de los invitados no es tan inocente como parece. Frente a la proliferación de aspirantes, los medios aplican filtros que terminan siendo sesgados. En muchos casos, se apoyan en encuestas cuya función no es medir, sino moldear la opinión pública, favoreciendo a quienes convienen al encuestador o al financiador del sondeo.
Así, se conforman paneles en los que los candidatos “fuertes” se enfrentan a otros más débiles, configurando un escenario de aparente pluralidad, pero de fondo desequilibrado. Para rematar, cuando un invitado no se ajusta al gusto del medio, el moderador lanza una editorial disfrazada de pregunta, induciendo en el televidente un prejuicio incluso antes de que el aludido tenga la oportunidad de responder.
Todos queremos saber de un candidato presidencial su condición cognitiva, sicológica, filosófica, seguros de sus imperfecciones. Comprender la diversidad de Colombia es tan importante como su equilibrio para manejar tempestades. Deseamos saber que tan empático es, cuál es su posición sobre el bien común, que tanta es su sensibilidad por el arte y la estética. Qué tanto aprecia la diversidad cultural de nuestro país. Dado que nada de esto se logra con los debates, los aspirantes buscan por otros medios convencer a la población. La publicidad pagada, las entrevistas en horarios privilegiados, las redes sociales, las manifestaciones, y los viajes en trasportes populares buscando conexión emocional, en fin, múltiples actividades que demandan ingentes recursos.
Lo eficiente, aunque inmoral, es poner no más de dos ideas y destruir la credibilidad y reputación del contrario. Como hay tantos candidatos la polarización se convirtió en estrategia, lo que no quiere decir que, ahora debamos repudiarla tanto como a la mentira, la injuria, la difamación que prevalecen sobre los argumentos. A un lado está la reelección de un proyecto vigente en implementación, y en el otro, la reelección de un proyecto pasado, pero es la emoción, la que conecta al elector, por eso propongo que se cambie la confrontación con palabras habladas-poco escuchamos y menos leemos- por una competencia de canto que añada tono, ritmo y melodía a las palabras, además, la canción libera sin necesidad de entender, conecta lo cotidiano con lo trascendente y comparte emociones. Si cantamos antes de hablar y de escribir y seguimos cantando, pues se me antoja que dado que lo que no desaparece es lo mejor, pues innovemos con una campañamusical. ¡que canten sus propuestas o que reine el silencio!
PS: En los primeros debates sobresale la capacidad, conocimiento y carácter de Carolina Corcho.












