Cuando se conoció la triste noticia del atentado contra Miguel Uribe, muchos se aferraron a la esperanza de que sobreviviera. Pero en los pasillos del hospital, entre médicos que revisaban imágenes y familiares que aguardaban con el alma en vilo, empezaba a dibujarse una realidad silenciosa: si Miguel sobrevivía, era muy probable que nunca volviera a caminar, a hablar con fluidez, a alimentarse por sí mismo. Su independencia —esa que damos por sentada hasta que la perdemos— estaba en juego.
No era solo una cuestión de vida o muerte, sino de cómo vivir. ¿Qué significa seguir adelante cuando el cuerpo ya no responde, cuando cada gesto depende de otro, cuando la dignidad se ve amenazada por la fragilidad? En medio del dolor, muchos comenzaron a preguntarse si, en ese escenario, Miguel habría querido seguir viviendo. Y aunque nadie podía responder con certeza, la pregunta quedó flotando, incómoda y urgente.
En mi práctica profesional como médico en dolor y cuidado paliativo, he estado innumerables veces en la difícil posición de informar a las familias sobre el pobre pronóstico funcional de un ser querido. También he sido testigo de cómo, en la mayoría de los casos, las familias exigen al equipo médico realizar todo tipo de intervenciones con tal de mantener con vida a su ser amado, sin importar el costo emocional o físico. Sin embargo, pocas veces los médicos somos claros respecto al pronóstico funcional. Esto ocurre por dos razones: primero, por un optimismo desmedido en nuestros tratamientos, y segundo, por la dificultad inherente a establecer un pronóstico completo y certero.
Como he señalado en columnas anteriores, de ahí la importancia de conversar con nuestros seres queridos sobre hasta dónde queremos que se tomen decisiones médicas en caso de no poder decidir por nosotros mismos. Como estas conversaciones rara vez suceden, suelo decirle a las familias que, al enfrentar decisiones difíciles, no piensen en lo que ellos harían, sino en lo que el paciente —si pudiera hablar— les diría que desea para sí mismo en esa situación. Y es sorprendente cómo la respuesta cambia drásticamente. Con frecuencia, creyendo que estamos haciendo lo mejor, terminamos prolongando un sufrimiento, no una vida.
Hoy invito a mis lectores a reflexionar: ¿hasta qué grado de pérdida de funcionalidad estaríamos dispuestos a tolerar? ¿En qué momento los esfuerzos terapéuticos dejan de tener sentido? Este punto, además, suele cambiar con la edad, por lo que es necesario actualizar esta reflexión con cierta frecuencia.
La medicina puede sostener un cuerpo, pero solo la voluntad puede sostener una vida.
Saber cuándo detenerse también es un acto de amor.












