En instituciones que acompañan el dolor humano —como la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas— aún es posible ver a personas que trabajan con delicadeza, respeto y sin censura, con una actitud que no se regula por normas. Allí, donde el sufrimiento no es abstracto sino cotidiano, resurgen valores esenciales: escuchar, agradecer con sinceridad, actuar sin afán de protagonismo.
Y eso recuerda que existen días en los que no hay que hablar del derecho penal, ni de las leyes nuevas, ni siquiera de estudiantes. Hay días en los que hace falta hablar de algo más simple: revivir las ganas.
Todos, en algún momento, dejamos atrás unos zapatos. A veces literalmente: los que se usaron en la universidad, en ocasiones especiales, en el primer empleo o emprendimiento, cuando no se sabía mucho, pero se hacía todo. Otras veces, de manera más silenciosa: se abandona una forma de ser, de ver el mundo, una manera de trabajar, una vocación, o un sueño simple que no se contó a nadie.

Y, sin embargo, esos zapatos —los que dejamos atrás por estar gastados, por recordarnos una etapa más ingenua o por su modestia— son, a menudo, los que mejor nos quedan. Porque estaban hechos a la medida de lo que éramos: con entrega, con deseo de aprender, con una convicción tranquila que no necesitaba convencer a nadie más que a nosotros.
Hay decisiones que nos devuelven al origen. No para retroceder, sino para recordar por qué empezamos, qué sentido tenía, desde dónde partimos. No es nostalgia: es la certeza de que lo más auténtico —eso que fuimos antes del miedo y las excusas— sigue vivo. Y ya es hora de hacerlo resurgir.
No se trata de aspirar al heroísmo ni de fingir entusiasmo. Se trata de reencontrar el sentido. De trabajar con claridad, con ganas, con propósito. De prestar atención, de mirar al otro con respeto, de hacer bien lo que se hace sin importar el cargo, el salario, el aplauso o la escala jerárquica.
Que ser docentes no impida seguir aprendiendo. Que el rol no autorice la indiferencia. Que estar bien no anule la sensibilidad con el dolor ajeno. Que el cansancio no apague el deseo de hacer mejor la tarea, de responder con honestidad, de tratar con humanidad al vecino, al colega, al amigo.
Porque, en este mundo de afanes y metas, a veces lo más sensato es volver a lo básico: escuchar sin prisa, ayudar sin esperar nada. Ser mejores, no por éxito o admiración, sino por convicción y solidaridad. Y tal vez, para eso, baste con recuperar lo que un día fuimos… esos zapatos viejos que aún nos quedan bien.











