¿Por qué no le decimos esta frase a quiénes realmente abusan a los niños?
La frase es conocida y en principio genera consenso universal. Lo curioso es que este popular eslogan suele usarse para denunciar peligros imaginarios, casi siempre alimentados por desinformación o prejuicios, y no para confrontar a quienes representan un riesgo real para las infancias.
Las estadísticas muestran que entre el 90% y el 95% de los casos de abuso sexual infantil son cometidos por hombres heterosexuales y cisgénero (que no son trans).

Estadísticamente hablando, los padrastros y otros familiares hombres constituyen los principales abusadores, seguidos de maestros, entrenadores deportivos, y por supuesto, sacerdotes católicos y otros líderes religiosos.
Por ejemplo, en mayo de este año la Corte Constitucional ordenó a la Iglesia Católica entregar los archivos de pederastia en el país. Aunque solo se ha desclasificado el 13%, ya se han revelado los nombres de casi 600 sacerdotes abusadores.
Apenas dos meses después, la misma Corte declaró culpable a la diócesis de Pereira por encubrir a un sacerdote pederasta y trasladarlo a otro colegio, donde siguió abusando de niños.
Si de verdad nos importa proteger a las infancias, ¿por qué en Colombia, ni en ningún país latinoamericano, hemos visto marchas de “no te metas con mis hijos” contra los numerosos y documentados abusos sexuales cometidos por la Iglesia Católica?
En contraste, y pese a que se invoca la “defensa de los niños” para oponerse a los derechos más básicos de las personas trans, los datos nacionales e internacionales son claros: las personas trans —especialmente las mujeres— tienen mucha mayor probabilidad de sufrir violencia sexual que de perpetrarla. De hecho, enfrentan este riesgo incluso más que las mujeres que no son trans.
Proteger a una población vulnerable, como la niñez, no puede usarse como excusa para atacar a otra que también enfrenta altísimos niveles de violencia: la población LGBT, en particular las personas trans. Ambos grupos requieren protección del Estado y de nuestra valentía ciudadana.
Proteger de verdad a las infancias no implica estigmatizar y excluir a otros, sino tener la entereza de señalar a los perpetradores reales, aunque sean familiares cercanos o porten investiduras de autoridad e incluso de (falsa) santidad.












