En los tiempos de discriminación positiva en que vivimos, de etnias y de raizales de todos los colores, había que esperar revisiones e invenciones de historias. Una de ellas quiere convencernos de que el general José María Melo Ortiz, dictador de la Nueva Granada entre el 17 de abril y el 4 de diciembre de 1854, fue el “primer presidente indígena” de nuestra república. Este mito se construyó con solo dos datos: su nacimiento en Chaparral, el 9 de octubre de 1800, y una foto suya que lo muestra lampiño, con nariz corta abultada y cabellos cortados al rape.
Pero don Miguel Wenceslao Quintero Guzmán, uno de los genealogistas vivos más importantes del país, recorrió hacia atrás la genealogía de doña María Antonia Ortiz Freire, la madre del general Melo. No era una indígena, sino una blanca de Buga, que casó en 1772 con don Manuel Antonio Melo Abadía, natural de Cartago, pero hacendado de Chaparral.
Ella era hija de otra bugueña, doña María Ignacia Freire Riovalle, quien casó con don Antonio Ortiz Nagle. Y aquella era hija de otra bugueña, doña Bernabela Fernández de Riovalle, a su turno hija de otra bugueña, doña Isabel de Salazar Santacruz. Don Miguel Wenceslao siguió más atrás la línea familiar hasta llegar al capitán don Francisco de Belalcázar, hijo mestizo del capitán español Sebastián de Belalcázar, fundador de tres ciudades (Quito, Popayán y Cali), y de una indígena de nombre desconocido. Cuando recorrió el linaje paterno del general Melo llegó al aragonés Juan de la Abadía y Gorbea, regidor del cabildo de Cartago.
En conclusión, el “primer presidente indígena” tenía un componente aborigen escaso, en comparación con sus componentes ancestrales de inmigrantes europeos. Su ascendencia era similar a la de los próceres Torres y Caldas, y su primo en cuarto grado era el general José María Cabal, “el más ilustre de los hijos de Buga”. Por eso pudo casarse con una dama santafereña de alcurnia, de la familia París Ricaurte, convirtiéndose en concuñado del general Rafael Urdaneta, otro dictador. Así que no inventen historias, que los genealogistas de altos quilates no cierran el ojo.












