La nulidad de la elección del alcalde de Bucaramanga, Jaime Andrés Beltrán Martínez, fue la crónica de una ‘muerte’ anunciada. “Ellos sabían que estaban cometiendo una falta, y así, decidieron correr el riesgo”, reconoce un allegado a la campaña del pastor. “En la Alcaldía no se movía una hoja desde diciembre pasado”, comenta una excontratista al referirse al ambiente de incertidumbre que se vivía desde diciembre pasado, al interior de la administración, cuando se conoció el fallo del Tribunal Administrativo de Santander en primera instancia.
En Colombia hacer política es caminar sobre una delgada línea que, desde el primer día en que un funcionario electo se posesiona, aparecen ‘encargados’ de rastrear faltas cometidas que los arroje al abismo, muchas veces por cuenta de tecnicismos creados para un país de arcángeles los cuales, en tiempos de campaña, se desestiman pero que, a la postre, terminan ‘tumbando’ a un mandatario en ejercicio.
Más de treinta alcaldes y gobernadores enfrentan procesos por ‘pecados’ cometidos durante el camino que los llevó al poder. Mientras se producen los fallos buscan extender el tiempo para preparar un eventual sucesor de su propio partido, movimiento o coalición, y a adjudicar el mayor número de contratos esquivando, en buena parte, los procesos por licitación pública.
Con la salida del alcalde perdemos todos. La inercia a la espera de una decisión en derecho sobre la doble militancia de Beltrán ralentizó su gobierno, perjudicando el cumplimiento del plan de desarrollo y llevándonos al escenario más extremo: convocar en tiempo récord unas nuevas elecciones a las cuales, incluso, el propio mandatario puede presentarse otra vez. La nulidad obliga a barajar de nuevo.
“Los bumangueses me verán en las calles”, anunció mientras tanto el alcalde anulado en una ‘improvisada’ rueda de prensa una vez se conoció el fallo del Consejo de Estado, en segunda instancia, promesa que hay que celebrar, sin duda, a ver si en este corto tiempo que le queda se hace una idea de la ciudad que deja, que no es cualquier cosa, hay que decirlo.
Culpar a Beltrán de todos los males de la capital santandereana sería injusto, por supuesto, pero la sensación generalizada es de que hay muy poco por mostrar. Claro, fácil desde esta trinchera lanzarle dardos al que se va, pero -por fortuna o desgracia- esa es nuestra tarea, incomodar y llamar la atención sobre lo público, lo que es de todos.

Responsabilizar al Gobierno nacional, y a la izquierda en general, de orquestar un complot en su contra es caer en la pesca en río revuelto. Bucaramanga se merece un alcalde o una alcaldesa que gobierne pensando en la ciudad de carne y hueso, y no en la ‘revolchina’ empalagosa de las redes sociales.











