En Santander hemos tenido que sufrir las consecuencias de las malas decisiones de nuestros gobernantes. Cuando un alcalde es destituido por corrupción, por doble militancia o por cualquier falta cometida -en campaña o en el ejercicio de sus funciones- quienes pierden no son ellos, sino la ciudadanía. Cuando esto sucede, los proyectos quedan en el aire, los recursos se desperdician y la confianza se erosiona. Cada interrupción de un gobierno significa años perdidos para resolver los problemas estructurales que arrastran nuestros municipios.
A esta inestabilidad política se suma el abandono del Gobierno Nacional. Las grandes apuestas para Santander rara vez son prioridad en Bogotá. Este nefasto gobierno lo ha demostrado con creces, relegando al departamento a un segundo plano, sin el apoyo ni los recursos que se necesitan para ejecutar proyectos estratégicos. En Santander no podemos seguir dependiendo del apoyo del Gobierno Nacional para desarrollar los proyectos estratégicos.
Es por eso que necesitamos construir una agenda de largo plazo que trascienda coyunturas y gobiernos. Una visión 2050 que convoque a todos los actores: el sector privado, el sector público, la academia y la sociedad civil. Un plan que trace la hoja de ruta para la competitividad, el desarrollo ordenado de los municipios y la calidad de vida de los ciudadanos. No se trata de un documento más, sino de una guía que se convierta en la base de los planes de desarrollo municipales y del departamento, y que sirva como instrumento de continuidad y disciplina.

Esta estrategia, sería la base para las propuestas de campaña de los candidatos y permitiría blindar al departamento frente a la improvisación del mandatario de turno, pues ya no dependeríamos de sus caprichos, sino de una hoja de ruta clara y consensuada. La corrupción encontraría menos espacio, porque habría metas definidas y mecanismos de seguimiento. La eficiencia en la ejecución de los proyectos podría medirse con mayor rigor. Y lo más importante; evaluar la gestión de nuestros mandatarios sería mucho más fácil, pues tendríamos parámetros claros para exigir resultados. Contar con una agenda de largo plazo, ambiciosa, clara y medible es una necesidad.
El 2050 parece lejano, pero está a la vuelta de la esquina. Debemos pararnos de la silla y dejar de ser espectadores, para convertirnos en los dueños de nuestro destino. Lo que hagamos ahora definirá el departamento que tendrán las próximas generaciones. O seguimos en el círculo vicioso de la improvisación y la dependencia, o damos un paso firme hacia una visión compartida que asegure el progreso de Santander. La decisión es nuestra.











