Comprender la diferencia entre riesgo e incertidumbre resulta fundamental para tomar decisiones en contextos complejos. Mientras el primero se refiere a situaciones en las que es posible calcular probabilidades, proyectar escenarios y tomar decisiones basadas en datos, la incertidumbre surge cuando el contexto impide medir o anticipar el futuro, volviéndolo imprevisible. Bajo la incertidumbre no existe el cálculo, solo quedan las conjeturas, que cuanto más se multiplican más alimentan la duda y terminan por erosionar la confianza. Esa es la condición en la que hoy se encuentra Bucaramanga.
Todos sabíamos que esto ocurriría, las pruebas eran claras, existían vídeos del alcalde Jaime Andrés como candidato respaldando a aspirantes al concejo de otras colectividades distintas a los partidos donde consiguió los avales. Doble militancia; quizá incluso triple o cuádruple. El primer fallo fue lapidario, y aun así la ciudad actuó como si nada sucediera. Slavoj Zizek, el rockstar de la filosofía contemporánea, ha señalado que así funciona la ideología en nuestro tiempo: somos capaces de reconocer una verdad incómoda con facilidad y, al mismo tiempo, mantener prácticas como si esa verdad no existiera.
Ahora nos veremos abocados a enfrentar una elección atípica que, por su carácter extraordinario, aumentará el grado de incertidumbre. Se trata de una votación fuera de lo habitual, donde no existen patrones que permitan proyectar la participación. Esa imposibilidad de cálculo abre la puerta a preguntas inevitables: ¿se impondrá el peso de las maquinarias, o logrará el voto de opinión abrirse nuevamente camino?, ¿será posible honrar el carácter normativo del voto programático, o la pasión y la emoción volverán a dominar el proceso? La verdadera singularidad de esta elección no está solo en su convocatoria excepcional, sino en que nos obliga a pensar cómo elegimos cuando el camino no está trazado.
Sin embargo, no todo está perdido. Hay dos acciones concretas que pueden ayudar a mitigar la incertidumbre, y dependen de cuánto queremos esta ciudad. La primera es participar, ejercer de forma masiva el derecho al voto. Está demostrado que, cuanto más ciudadanos participan, menor es la probabilidad de que quienes por encima del bienestar colectivo ubican el poder y la política como forma de obtener bienestar individual.
La segunda es votar bien, en la atipicidad no hay espacio para la improvisación, el tiempo es limitado y el margen de error es mínimo. No es momento de dejarse llevar de promesas rimbombantes, sino de identificar quién tiene la experiencia y la capacidad para conducir un barco con la proa rota, en medio de la tormenta. Esta elección no es para refundar, sino para cerrar con responsabilidad un ciclo convulso. En ese cierre, quizá podamos empezar a reconstruir la confianza que Bucaramanga necesita con urgencia.











