El equilibrio no reside en apariencias; ni en causas justificadas entre formas y números.
Equilibrar es tomar un punto de apoyo distinto, donde nada que predomine se sobrecargue ni condicione los espacios cohabitados. Equilibrarse es sustraerse de resonar con lo que se lleva vacío; es volverse a cantar a sí mismo sabiendo que el único nombre que cada uno escucha es el de cada uno.
Desde tiempo atrás se sospecha que las ciudades, los mundos y los grupos humanos celebran edades. Pero hay fechas que no sólo están marcadas en los calendarios y que suponen que todo volverá a ser de la misma manera que ya fue. Y lo que se celebra es poder escapar de ese día una vez más. Son los tiempos en los que todo vuelve a ser el comienzo y el culminar de una tarea de vida: un propósito que se realiza dialogando consigo mismo. De nada sirve intentar escapar cuando se acercan las ferias…
La ciudad se equilibra confrontándose entre sus propias fuerzas: la nostalgia de un salón de baile empuja a los asistentes a debatirse por un asiento entre la carpa, más que una guerra.
Bucaramanga sacude su indiferencia para preguntarse por unos instantes que duran unos meses ¿cuántas veces más moriremos para saber cuántas veces más habremos de bailar?
Bucaramanga se vacía para volver a llenarse con sus sobrevivientes, con los que no les importa que la derrota o la victoria se sirvan en el mismo plato. Y se les obligue a ingerirlas.
Entonces la ciudad bonita se retrae una vez más. Descarta el error y confía. Se dirige a sí misma marchante y segura, con la certeza de hallarse entre música, ruido y todo tipo de rituales de los que buscan que la existencia y la vida sean una misma, incluso aún bajo la embriaguez. Y la ciudad se declara en mayoría de edad: y elige la fiesta por sobre la guerra.
Llegan los últimos meses del año para una ciudad que pertenece a una sociedad que se esconde para vivir. Donde aparentar se hace más evidente que equilibrar. Pero que en determinado momento del año resuelve dejar para sí misma la batalla ganada de celebrar la vida. Y en eso todos seremos sus cómplices; y desde allí será el equilibrio que se sustenta en la voluntad. Porque todos juntos, de igual forma que la ciudad, nos hacemos merecedores de todo aquello que nos sucede. Somos lo que precede: rebeldía y sumisión descarada. Otra forma de equilibrio.
Pero también somos la voz, esa que no descansa. Que le da forma a lo que ya se guardó, y que no pregunta si prefieren la guerra o la fiesta.












