Publicidad

Columnistas
Jueves 11 de septiembre de 2025 - 01:00 AM

Ciudadanos y abogados en el laberinto judicial

Compartir

Franz Kafka nunca estuvo en Colombia, pero si hubiera recorrido nuestros despachos judiciales, seguramente habría hallado material suficiente para reescribir El Proceso. En su novela, el protagonista es acusado sin saber por qué, atrapado en un laberinto de trámites interminables y funcionarios que nunca explican nada. Más de un siglo después, esa ficción parece un retrato fiel de nuestra justicia.

Quien acude a un juzgado tropieza con excusas: que su proceso fue enviado a otro despacho “por descongestión”, que “aún no tiene juez” o las respuestas son tan vagas que no aclaran nada. Todo significa lo mismo: un sistema que posterga y obstaculiza más de lo que resuelve. Y como si fuera poco, muchos funcionarios actúan como si hubiera que rogarles por cumplir su deber: niegan acceso al abogado, levantan barreras y olvidan que su salario lo pagan los contribuyentes.

En medio de ese muro, la lucha del abogado es doble: no solo litiga, también busca ser escuchado en un encuentro previo con planteamientos sencillos y urgentes. Si los funcionarios resolvieran con una atención breve, se evitarían trámites y dilaciones que hoy se exigen incluso mediante derechos de petición. Así, la justicia recobraría su carácter de servicio público y no habría lugar a pensar que ser recibido por un funcionario es un privilegio.

El panorama es aún más complejo para apoderados judiciales quienes ejercen para instituciones. No se trata de un abogado con uno o dos casos que puede esperar con

calma; muchas veces son decenas de procesos los que recaen sobre un solo defensor. En ese contexto, el “rebote” de un poder de un despacho a otro se transforma en un verdadero calvario. El tiempo que se desperdicia entre trámites inútiles es tiempo que se le arrebata a la defensa técnica y a la estrategia jurídica.

Kafka no escribió sobre tribunales para hablar solo de jueces; lo hizo para denunciar el absurdo de instituciones que pierden contacto con la vida de las personas. Y Colombia parece confirmar esa advertencia: cuando la burocracia sustituye la justicia, el derecho se degrada en un aparato que desgasta a los ciudadanos y sofoca a quienes los representan.

Vale recordar que detrás de cada proceso hay vidas en suspenso y que el abogado es el puente que permite que esas voces sean escuchadas. Sin esa comprensión, seguiremos atrapados en procesos interminables.

La lección que deja Kafka: tras un año de trámites y acusaciones incomprensibles, su protagonista fue ejecutado sin sentencia ni explicación. En la novela se dice que murió “como un perro”, víctima de un sistema que jamás lo escuchó. Ojalá la justicia colombiana no propicie ese destino abrumador para ciudadanos y abogados, atrapados entre expedientes y trámites.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día