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Jueves 18 de septiembre de 2025 - 01:00 AM

Bucaramanga: cara, insegura y absurda, como diría Groucho

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Groucho Marx, genio de la ironía, decía: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. Bucaramanga parece vivir bajo la lógica de Groucho: cada semana surge una nueva explicación oficial sobre la inseguridad. Lo que no cambia son las palabras vacías y el hecho de que la violencia ya se volvió costumbre.

En los últimos días, tres hechos sacudieron a la ciudadanía. El primero: un joven terminó con muerte cerebral tras ser atacado por sicarios en plena vía, mientras iba con su familia. Una escena de cine negro trasladada a la vida real.

La criminalidad irrumpió sin pudor en los barrios residenciales.

El segundo: un ciudadano asesinado por resistirse al robo de un bolso. Cuatro hombres en motocicleta lo interceptaron y respondieron con balas a su negativa. ¿Qué significa vivir en una ciudad donde la vida vale menos que un objeto material? Esa es la ecuación que enfrentan los bumangueses: entregar lo que tienen o entregar la vida.

El tercero: la expansión de la extorsión. Decenas de capturas revelan que este delito dejó de ser ajeno y se convirtió en escenario cotidiano. Comerciantes, transportadores y familias reciben llamadas amenazantes que generan zozobra incluso en la intimidad del hogar.

Estos episodios no son hechos aislados, sino síntomas de una enfermedad social que avanza sin freno. Bucaramanga, conocida como “la ciudad bonita”, aparece cada vez más en titulares de homicidios, balaceras y atracos. La paradoja es absurda: pagamos como si viviéramos en una economía avanzada, pero nos agreden como si habitáramos en territorio sin ley . La ciudad más cara de Colombia se ha vuelto también una de las más inseguras.

Aquí es donde Groucho parece reírse desde la eternidad. “Aprende de los errores de los demás, nunca vivirás lo suficiente para cometerlos todos tu mismo”, advertía. Pero repetimos la historia de Cali, Medellín o Bogotá: primero negamos el problema, luego lo normalizamos y al final terminamos resignados.

El discurso oficial cambia como el clima: entre excusas y promesas. Y afuera, la ciudadanía ensaya trucos para engañar al delincuente: caminar en modo supervivencia, esconder el celular y convertir cada regreso a casa en un pequeño logro.

La inseguridad no es exclusiva de Santander, pero aquí duele más porque no era tan usual. La ciudad que se vendía como tranquila ahora carga con el estigma de la violencia.

Hoy nos toca reír, como Groucho. Quizás la urgencia no sea tener “otros principios”, sino recuperar uno solo: el derecho elemental a vivir sin temor en nuestra propia casa, barrio o trabajo.

Y la pregunta inevitable es: ¿qué se hicieron las promesas del alcalde? ¿O las del gobernador, que hablaba de prevención y reacción como pócimas mágicas?

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