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Miércoles 24 de septiembre de 2025 - 01:00 AM

El peso del estigma y la arrogancia

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El comentario desafortunado del presidente Gustavo Petro sobre “los Brayans” en los barrios populares es un recordatorio de cómo los estigmas configuran nuestra vida social. Decir que en cada barrio hay un Brayan irresponsable es convertir un nombre en sinónimo de derrota, y un barrio en una marca de marginalidad.

Paradójicamente, este episodio me recuerda otro clásico del repertorio colombiano: el famoso “¿usted no sabe quién soy yo?”. Esa frase, tantas veces escuchada en empresas, aeropuertos o restaurantes, encarna lo opuesto: el privilegio que se impone para evitar la regla, el poder que se ostenta para saltarse la fila. Así, mientras a un “Brayan” lo marca el estigma de la desconfianza, al poderoso lo protege la arrogancia del abolengo.

Ambos extremos —el señalado y el intocable— revelan la misma enfermedad social: la desigualdad y el estigma. El primero nace condenado a demostrar que “sí vale”, que no es lo que su nombre o su barrio sugieren. El segundo se siente con licencia para no demostrar nada, porque su apellido, cargo o influencia lo blinda de toda sospecha. Los Brayans, entonces, cargan con la sombra del prejuicio; los “usted no sabe quién soy yo”, con la sombra del privilegio.

El problema no es de anécdotas. Según cifras oficiales, más de 165.000 colombianos llevan el nombre Brayan. Muchos estudian, trabajan y sueñan con aportar al país, pero deben luchar contra un rótulo que los antecede. En paralelo, los episodios de abuso de poder —desde funcionarios que reclaman trato especial hasta empresarios que se saltan las normas— siguen alimentando la idea de que en Colombia hay ciudadanos de primera y de segunda.

Ambas caras de la moneda erosionan la confianza social. El estigma margina al que intenta surgir, mientras la arrogancia erosiona el respeto por las normas. Y cuando un presidente legitima el prejuicio con un comentario ligero y tan desafortunado, el mensaje es devastador: que la desigualdad no solo existe en los hechos, sino también en el lenguaje.

Colombia necesita líderes capaces de desmontar esas lógicas, no de reproducirlas. Reconocer la dignidad en cada ciudadano, venga de donde venga y se llame como se llame, es el primer paso para cerrar brechas. Porque el verdadero progreso no vendrá ni del privilegio altanero ni del prejuicio estigmatizante, sino de la convicción de que todos valemos lo mismo. Cuidar el lenguaje es también cuidar el futuro. Los estigmas no solo hieren: frenan el desarrollo. Y en un país que necesita sumar, no dividir, esa es una lección que deberíamos exigirle a todos nuestros dirigentes, familiares y amigos.

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