Al llegar a Bosconia tomé una autopista tranquila hacia mi destino en la Guajira, tierra donde confluyeron tribus indígenas, gentes europeas y castellanas en un verdadero encuentro de culturas que se juntaron para convertir una tierra fértil en algodón, café, palma africana y carne vacuna y caprina. Lo que hace única a la Guajira es su folclor vallenato y su cultura. Allí ratifiqué que el acordeón es cultura y Villanueva es la cuna del acordeón. Me encantó el fuerte sentido de comunidad que allí existe, algo que se ha perdido en la Colombia de hoy. Si dejamos atrás el individualismo, podríamos unirnos y aprovechar nuestro potencial para disfrutar del país de la belleza, Pues bien, en la Guajira se respira el sentido de comunidad, algo valioso para Colombia, ya que fomenta unidad, resiliencia y fortaleza para disfrutar y engrandecer al país de la belleza.
Santo Tomás de Villanueva, situada en el piedemonte de la Serranía del Perijá, recibe su nombre en honor al santo patrón Santo Tomás de Villanueva, religioso agustino y arzobispo de Valencia conocido como el “padre de los pobres”, cuyo culto fue introducido por los jesuitas. Villanueva es reconocida como cuna del folclor vallenato, siendo lugar de nacimiento de destacados exponentes como Israel Romero, Jorgito Celedón, los hermanos Zuleta, Jean Carlo Centeno, Egidio Cuadrado, entre otros. Además, uno de los principales valores de la localidad radica en su fuerte sentido de fraternidad y comunidad. En lo personal, tuve la oportunidad de conocer de cerca su cultura gracias a la hospitalidad generosa de la familia Mendoza Jiménez, descendientes del ebanista José Thomas Mendoza y Ana María Jiménez y cuya posta tomó el agrónomo José Tomás, quienes se distinguieron por inculcar responsabilidad y gratitud como principios fundamentales que fortalecieron lazos familiares que transmiten a las nuevas generaciones mediante el ejemplo, la tradición y la solidaridad. Trece profesionales exitosos aportando a su tierra y a su patria. Villanueva no ha estado libre de la maldad del conflicto: un ocho de diciembre de 1998 en el barrio
El cafetal la luz de las velitas se trasformó en fogonazos de las armas que asesinaron a doce personas según informó El Tiempo. Sin embargo, la resiliencia de sus habitantes, fruto de un tejido social sólido, nos sigue regalando su alegría, su fraternidad, su hospitalidad como cuna de acordeones, como cultura de paz, como folclor que acrisola.
Mucho tenemos que aprender los santandereanos de la diversidad cultural.











