En anterior columna hicimos referencia a la legislación adoptada en Francia para limitar el uso de pantallas en niños y adolescentes, que además prevé programas de formación para padres y maestros. Varios lectores me expresaron su escepticismo sobre la posibilidad de alcanzar en Colombia una regulación de ese alcance; una desconfianza apenas comprensible, si se tiene en cuenta la apatía del Congreso, del Ejecutivo y del mayor sindicato de educadores, más interesados en disputas electorales y en inundar las redes sociales de mentiras, odios y polarización, que en trabajar en favor de la niñez.
En medio de ese intercambio, un académico amigo me sugirió leer La generación ansiosa, del filósofo Jonathan Haidt. El libro aborda la emergencia de salud mental que afecta a los jóvenes criados en el universo digital, sin la madurez suficiente para gestionar su identidad ni resistir la adicción a las redes sociales y a los teléfonos inteligentes. Un texto que ahora recomiendo a padres y educadores, porque ayuda a comprender el trasfondo de una crisis que nos está alcanzando más rápido de lo que pensamos.
Haidt no se queda en el diagnóstico: ofrece acciones concretas para gobiernos, instituciones y familias. Enfatiza que los niños de entre seis y trece años necesitan experiencias reales, juego libre, contacto con la naturaleza y oportunidades de autonomía progresiva que les permitan asumir riesgos razonables, socializar y aprender de la vida comunitaria. “Así es como los niños desarrollan naturalmente las habilidades sociales, superan la ansiedad y se convierten en jóvenes adultos autónomos”, advierte. El encierro, la sobreprotección y el reemplazo de la interacción cara a cara por las pantallas los privan de aprendizajes esenciales y los encadenan a una ansiedad persistente.
Además, resume este reto en cuatro recomendaciones transformadoras: nada de teléfonos inteligentes antes de los 14 años; nada de redes sociales antes de los 16; colegios sin teléfonos móviles; y mucho más tiempo para el juego libre y la independencia infantil. Recuperar costumbres que parecían naturales en generaciones anteriores, pero que hoy resultan excepcionales, es clave para equilibrar lo digital con lo real.
La advertencia final es contundente: “La humanidad evolucionó en la Tierra. La infancia evolucionó para el juego físico y la exploración. Los niños prosperan cuando están enraizados en comunidades del mundo real, no en redes virtuales incorpóreas. Crecer en el mundo virtual fomenta la ansiedad, la anomia y la soledad. La gran reconfiguración de la infancia, de la basada en el juego a la basada en el teléfono, ha sido un error catastrófico. Es hora de poner fin al experimento. Traigamos a nuestros hijos de vuelta a casa.”












