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Jueves 02 de octubre de 2025 - 01:00 AM

El testigo: verdad o espejismo

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En un juicio penal, el testigo parece una figura sencilla: alguien que vio, oyó o supo algo y lo cuenta ante el juez. Sin embargo, es, en realidad, uno de los actos más complejos y decisivos de la justicia. Un testigo puede inclinar la balanza hacia la absolución o la condena, abrir la puerta a la verdad o sembrar la duda. No se exagera si se dice que, muchas veces, el futuro de una persona procesada depende de cómo se seleccione, prepare y presente un testimonio.

El problema es que solemos idealizar al testigo, como si su palabra fuera un espejo fiel de la realidad. Y no lo es. La memoria humana es frágil, selectiva, moldeable por las emociones y hasta por la presión mediática. Un detalle olvidado o una contradicción pueden convertir a un testigo honesto en un narrador poco creíble. Por eso, la primera tarea no es encontrar “a cualquiera que hable”, sino identificar a quien realmente pueda aportar claridad.

¿Quién es entonces un buen testigo? Aquel cuya versión se sostiene en tres pilares: cercanía con los hechos, ausencia de intereses ocultos y capacidad de relatar sin adornos. No se trata de que recuerde cada segundo con precisión matemática, sino de que transmita un relato coherente, verificable y sin la sombra de un beneficio o interés personal. La imparcialidad total no existe; la credibilidad razonable sí.

Aquí surge un cuidado esencial: no todos los que quieren declarar deben hacerlo. Un familiar exaltado, un amigo leal o un vecino resentido pueden convertirse en un arma de doble filo. El juez no solo escucha lo que dicen, también analiza cómo lo dicen, qué tan consistentes son y qué huellas de verdad deja su testimonio. La credibilidad se construye tanto con las palabras como con la actitud.

De ahí que la preparación del testigo sea crucial. No para enseñarle un libreto —porque los teatros tienen escenario, no estrado judicial— sino para recordarle lo fundamental: responder lo que sabe, admitir lo que ignora y mantener la calma frente a las preguntas que confunden. Nada mina más la confianza que un testigo que parece actor frustrado o que improvisa como político en campaña.

Al final, un buen testigo no es el que dramatiza, sino el que convence con sencillez y sin esfuerzo. La justicia no necesita narradores de telenovela, sino voces serenas capaces de resistir el interrogatorio y contrainterrogatorio. En tiempos donde la verdad parece un recurso escaso y las mentiras sobran, cuidar la voz del testigo es cuidar la decisión acertada del juez y, en últimas, nuestra confianza en el derecho. Porque, la justicia no debería ser un espectáculo, sino un compromiso con la verdad y la responsabilidad.

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