¡Me van a excomulgar! Esta es una expresión que soltamos cuando se nos escapan opiniones políticamente incorrectas en público. Pero, qué lejos estamos de su significado original. Así que recuperemos el sentido de las censuras eclesiásticas con el ejemplo de una que fue echada sobre la feligresía de Girón el 15 de abril de 1755, por parte del gobernador del arzobispado de Santafé, Antonio Xavier de Mena. Había sido pedida por el presbítero
Ignacio Cornejo, albacea de Pedro Martín Nieto, encargado de defender sus bienes ante el intento de embargarlos por haber actuado como fiador de José Manuel Gutiérrez, quien le debía a la Real Hacienda más de mil pesos. Como este ocultó sus bienes entre varios testaferros, la única manera de obligarlos a delatarlos fue la censura eclesiástica. La fórmula que fue leída en el púlpito de la iglesia de Girón estremece de espanto: “Malditos sean los excomulgados de Dios y su bendita madre, amén. Huérfanos se
vean sus hijos y sus mujeres viudas, amén. El sol se les oscurezca de día y la luna de noche, amén. Mendigando anden de puerta de puerta y no hallen quien bien les haga, amén. Las
plagas que envió Dios sobre el Reino de Egipto vengan sobre ellos, amén. Las maldiciones de Sodoma, Gomorra, Datan y Abreón, que por sus pecados los traga vivos la tierra vengan sobre ella, amén”. Mientras leía esta fórmula, el presbítero sostenía una cruz cubierta con un velo negro y un acetre de agua, así como candelas encendidas. Una vez acabó, lanzó las
velas sobre el agua y dijo: “Así como estas candelas mueren en esta agua, mueran las ánimas de los dichos excomulgados y desciendan al Infierno con la de Judas apóstata, amén.”
Como por arte de magia, en los siguientes tres días aparecieron los bienes ocultados: 10 mulas, una yunta de bueyes, dos caballos, 50 reses, una caja de ropa de mujer, dos sayas nuevas, plata labrada, un esclavo llamado Domingo y otros testaferros. No era para menos, pues en esa época el miedo a las llamas del fuego eterno estaba en las almas de todos.












