Mientras el ahora exalcalde de la capital santandereana, Jaime Andrés Beltrán, califica como un hecho ‘histórico’ la llegada de siete buses alquilados para ‘reforzar’ la operación de Metrolínea, las conexiones de ‘última milla’, concepto que recojo de los expertos en movilidad cuando explican sobre cómo se suman a estos vehículos otras alternativas que aseguren el desplazamiento hasta el punto de destino más cercano de cualquier usuario, sufren las consecuencias de esa enfermedad que nos ataca, cada tanto, a los ciudadanos: el ‘importaculismo’.
¿Alguien sabe qué pasó con las intervenciones que el entonces alcalde electo prometió, en 2023, para modificar los 20 kilómetros de cicloinfraestructura que, desde la administración de Rodolfo Hernández, conforman una serie de corredores viales los cuales hoy se destiñen entre la lluvia, el descuido y la indiferencia? ¿Quién conoce a dónde fueron a parar las bicicletas mecánicas, asistidas y patinetas eléctricas, que hace dos años alcanzaron a sumar cerca de 500 aparatos, y que hicieron parte del programa de préstamo y alquiler Clobi? ¿Por qué, si ya no rueda ni uno de estos, aún permanecen algunas de las estaciones que, en febrero de este año, empezaron a desmontar por haberse convertido en entornos inseguros?
Hace seis años escuche a Carolina Hernández, de C40 Cities Finance Facility, una organización global que trabaja brindando apoyo al desarrollo de iniciativas de ciclismo urbano, quien advertía en ese entonces que, por cada dólar invertido en esta clase de alternativas complementarias, la ciudad recibiría siete ‘verdes’ como tasa de retorno en disminución, por ejemplo, de atención en salud ante la reducción de emisiones de CO2 y accidentes de tránsito, entre otros beneficios.

Ese fue, apenas, uno de los tantos argumentos que, ante el debate que se suscitó sobre la conveniencia o no de implementar las ciclorrutas en Bucaramanga, procuró convencer a los críticos sobre la importancia de este tipo de obras, así nos resultaran incómodas o exóticas, para convertir el transporte público en lo que debería ser, un sistema. Pero el desdén resulta, como la canción de Rocío Durcal, más fuerte que el amor. Nadie reclama por lo que no siente como suyo, por esta razón, siete buses prestados terminan siendo, perfectamente, una gestión colosal ante un moribundo que, hace rato, tiene cara de cadáver.
Nunca vemos más allá de la esquina. Lo que sucede después no nos interesa porque -otra vez- dejamos en cabeza de los políticos decisiones que nos corresponden en el legítimo ejercicio de nuestra ciudadanía. Proyectos a largo plazo, como la movilidad, no pueden quedar en las manos de los mismos que han dejado que, como lo repetía el impredecible Hernández, se robaran hasta el letrero. Tenemos dos meses para escoger lo que nos merecemos.











