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Jueves 23 de octubre de 2025 - 01:00 AM

El respeto que olvidamos a los policías

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En el juicio público nadie pregunta por el cansancio del policía. Se mide su reacción, no su vulnerabilidad; se examina su tono, no la tensión de enfrentar, cada día, lo imprevisible. La sociedad exige templanza a quien trabaja en la frontera entre el orden y el caos, pero le niega el derecho a equivocarse, a defenderse y, sobre todo, a ser respetado.

El policía colombiano vive entre dos lealtades: la que debe al ciudadano y la que se debe a sí mismo. Cumple órdenes, protege la convivencia y responde por la seguridad de todos, pero rara vez encuentra quién lo respalde cuando el riesgo se vuelve personal.

Mientras la opinión pública juzga con ligereza, él se debate entre su vida y su carrera, en el difícil equilibrio de servir sin dejar de ser humano.

La labor policial no se realiza en condiciones ideales, sino en calles agitadas y madrugadas imprevisibles. Cada decisión se toma en segundos, con la ley en un hombro y el riesgo personal en el otro. Convertir un error humano en delito es castigar el deber y deslegitimar la función que el propio Estado exige cumplir.

El respeto hacia la Policía se construye reconociendo su sacrificio. No se trata de justificar excesos, sino de comprender la realidad. Detrás del uniforme hay padres, madres, hijos, seres humanos que también sienten temor, cansancio y frustración, pero siguen saliendo cada día a contener el desorden que otros provocan.

En la calle, una orden de servicio puede transformarse en un dilema: intervenir o dejar que el conflicto estalle. Al policía se le exige actuar con firmeza pero sin fuerza, con rapidez pero sin error, mientras una cámara recorta la escena y las redes juzgan sin escuchar. Con frecuencia, la imagen se impone al contexto y la opinión reemplaza al debido proceso antes de que el uniformado pueda explicar lo ocurrido.

El proceso disciplinario debe corregir abusos, no penalizar el deber cumplido. Cuando se juzga sin escuchar al uniformado o se confunde un acto técnico con violencia, la justicia olvida lo esencial: que el policía también protege la vida y el orden.

Respetar al policía no es aprobarlo todo, sino entender su papel. Significa darle respaldo cuando actúa dentro de la ley y exigirle cuando se aparta de ella. La autoridad no es enemiga del ciudadano, y quien la degrada también erosiona la convivencia.

Sin respeto por la Policía, no hay orden ni Estado. Su labor exige justicia, no prejuicios.

Cada agente que cumple su deber deja una familia que lo espera de vuelta. Respetarlos es preservar la autoridad legítima y la convivencia. La seguridad se sostiene, ante todo, en la dignidad de quienes la defienden.

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