Tanto va el cántaro al agua hasta que por fin se rompe. El adagio popular resume cómo se vienen deteriorando las relaciones entre los presidentes de Colombia y los Estados Unidos de América. El episodio más reciente fue el cruce de fuertes mensajes entre ellos.
Trump calificó a Petro como un “líder del narcotráfico que incentiva la producción masiva de drogas”. El mensaje llegó luego de que el presidente colombiano cuestionara con firmeza un nuevo ataque en el Caribe a una lancha a la deriva supuestamente cargada de estupefacientes. Petro no se quedó atrás: “La guerra contra las drogas es una estrategia fracasada… es solo una excusa para controlar a Latinoamérica”. La cereza del pastel la puso el presidente de los Estados Unidos al señalar que Colombia tiene al peor presidente de su historia, calificándolo de “lunático”.
Etiquetar a Petro de “líder del narcotráfico” es un despropósito del presidente de los Estados Unidos. Como ciudadanos colombianos debemos rodear la institución presidencial y defenderla del agravio injustificado y del infundio del presidente americano. Al margen de las críticas que puedan formulársele a la salida en falso de Donald Trump, lo preocupante son las repercusiones que se puedan presentar en materia económica y arancelaria.
Les guste o no a Gustavo Petro y a sus seguidores, Estados Unidos es el principal socio comercial de Colombia. En 2024, el intercambio comercial fue de 53.300 millones de dólares. También es el financiador principal de muchos sectores del país. Según cifras oficiales, en 2023, desembolsó cerca de 708 millones de dólares destinados a programas de seguridad, derechos humanos y desarrollo económico. En 2024, el aporte estuvo por el orden de 584 millones de dólares.
Por el bienestar de todos, hay que dejar que la diplomacia y la sensatez se encarguen de aliviar la tensión entre ambos estados. Las buenas prácticas, como ha sucedido en el pasado, deben imponerse para resolver la confrontación. Mientras los canales diplomáticos hacen su trabajo, ambos presidentes deberían bajarle al tono y a la beligerancia. Ah, y guardar el megáfono y “amarrarse los dedos” por un buen tiempo. Es un asunto de sentido común; un incendio no se apaga con gasolina.
Donald Trump y Gustavo Petro son igual de lenguaraces, provocadores en potencia y calculadores innatos. Con seguridad sacarán provecho de este episodio. Incluso hay quienes consideran que ese era el escenario que estaba buscando Gustavo Petro para fortalecer el discurso de campaña en el remate de su gobierno. ¿Será? Pedirles prudencia a ese par de pendencieros, arrogantes, megalómanos y soberbios por naturaleza es bien difícil.
¡Y pensar que la canciller, quien es la llamada a intervenir como mediadora en el conflicto, renunció a la visa americana!












