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Domingo 26 de octubre de 2025 - 01:00 AM

Bucaramanga no puede congelarse

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Ya lo advertí en mi columna del 25 de marzo de 2024, “Pierde la ciudad”. Entonces señalé que la inestabilidad política se había convertido en la amenaza más costosa para Bucaramanga: cada cambio de alcalde implica volver a empezar. Se detienen los proyectos, se interrumpen las decisiones, se diluye la responsabilidad, y mientras tanto la ciudad sigue a la deriva. Hoy, con el nombramiento de Javier Sarmiento Olarte como Alcalde encargado, ese llamado a no detenernos se convierte en urgencia.

Lo peor que podría ocurrir no es tener un alcalde temporal, sino permitir que la incertidumbre congele el rumbo de la ciudad. Bucaramanga no puede vivir en pausa, esperando que alguien decida cuándo continuar. Las obras, los programas sociales y los proyectos estratégicos deben avanzar sin depender del calendario político. Las transiciones, si se entienden bien, no son tiempos muertos: son oportunidades para revisar lo que no ha funcionado, corregir lo que se ha desviado y reforzar lo que sí da resultados.

Por eso, más que administrar la coyuntura, la nueva administración tiene la responsabilidad de sostener el movimiento, así tenga que tomar decisiones difíciles. Bucaramanga no parte de cero. Su hoja de ruta está definida en el Plan de Desarrollo Municipal 2024–2027, que establece cinco líneas estratégicas hacia una ciudad moderna, incluyente, sostenible y segura. Lo que la ciudadanía espera no es otro plan, sino continuidad, coherencia y resultados. Si las metas no se están cumpliendo, el problema no es de diseño, sino de ejecución.

Esa debe ser la prioridad en los 53 días que durará este encargo: evitar que la transición se convierta en excusa. La ciudad necesita señales de estabilidad, decisiones concretas y liderazgo que inspire confianza. No se trata de sobrevivir a la crisis, sino de demostrar que la institucionalidad puede sostener el rumbo más allá de los nombres propios.

Porque al final, lo que más daña a Bucaramanga no es el cambio de alcalde, sino la parálisis que esos cambios provocan. Lo que erosiona la confianza no es la crisis, sino la inacción. Y lo que impide que la ciudad avance no son las diferencias partidistas, sino la incapacidad de anteponer el interés colectivo al cálculo político.

Bucaramanga necesita volver a creer en su propio movimiento. Las obras deben seguir, las decisiones deben tomarse y los compromisos deben cumplirse. La política pasará, pero la ciudad queda. Y si algo debería estar claro tras años de vaivenes y relevos, es que el desarrollo no se defiende con discursos, sino con continuidad. Mantenerse en marcha, pese a todo, es el verdadero acto de gobierno. Lo bueno deberá permanecer, mientras lo que no está funcionando deberá cambiarse. Esperamos que este nuevo nombramiento no signifique un freno, sino un impulso. Que sirva para mover al municipio, recuperar la confianza y, con el respaldo del sector privado, consolidar la visión de región que llevamos años construyendo.

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