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Domingo 26 de octubre de 2025 - 01:00 AM

Messi y Baryshnikov

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El escrito de hoy está dedicado a dos grandes amigos: Iván Acevedo Gómez y Giovanni Ravelo Hurtado, hombres sencillos, de academia y esfuerzo, vestidos con el overol de quien madruga para construir obras arquitectónicas y artísticas. Este par de genios con lámpara nacieron para dejar huellas y enseñanzas en los diarios que se escriben con un lápiz a media luz, mientras los ojos se cierran por cansancio y el ajetreo semanal. Viajaron miles de kilómetros para buscar un cupo en las grandes ciudades del mundo, cargando su colchón y un pocillo para el infaltable café, llevando a cuestas una maleta llena de sueños, con camisetas de algodón para el verano y chaquetas gruesas para el crudo invierno.

Curiosamente, los dos nacieron en 1977; Iván Darío en Bogotá y Giovanni en Bucaramanga. Mientras el joven Acevedo corría detrás del olor que despiden las panaderías en Zapatoca y contemplaba la belleza arquitectónica de la parroquia San Joaquín, Giovanni se metía de manera furtiva en la Biblioteca Pública Gabriel Turbay para leer libros de García Márquez y ver una película que le cambió la vida: Crónica de una muerte anunciada dirigida por el cineasta Francesco Rosi. Iván llegó a Bucaramanga y estudió en el Instituto Caldas, para luego inscribirse en la Universidad Santo Tomás con el fin de estudiar Arquitectura. Lo de Giovanni no fue para nada fácil: se graduó de la Nacional de Comercio e ingresó a la UIS en donde estudió Ingeniería Química durante un semestre para complacer a Víctor Julio, su padre. Giovanni no estaba para eso y, tras comunicarle a su familia la decisión de no continuar, fue convocado por el ballet de Sonia Osorio y luego pasó a las filas de la escuela de Anna Pavlova.

Con el título de arquitecto en su maletín, Iván Darío Acevedo atravesó el Atlántico y, en el año 2000, llegó a la capital mundial de la arquitectura: Barcelona. La Ciudad Condal no solo es conocida por Joan Manuel Serrat y por el paseo de Las Ramblas, sino también -y eso lo sabemos todos- por su gran equipo: el Fútbol Club Barcelona. Nadie debe olvidar que allí han jugado algunos de los mejores de la historia: desde Johan Cruyff, Diego Maradona, Ronaldo y Lionel Messi. Iván homologó su título de arquitecto en la Universidad Politécnica de Cataluña, lo que, trasladado al fútbol, es como debutar en el Camp Nou y a los pocos días jugar un clásico en el Santiago Bernabéu. Iván afiló sus botas de seguridad, abrió los codos, recibió patadas fuertes y en 2005, se graduó con honores al homologar su título al dejar la puerta abierta a quienes se animaran a seguir sus pasos. Desde entonces ha ganado distinciones en su especialidad -premios nacionales, iberoamericanos y bienales-, y hoy es reconocido en muchos países como uno de los mejores arquitectos del planeta. Su casa se parece a la del futbolista rosarino: ¡colmada de Balones de Oro!

Giovanni Ravelo se marchó a Estados Unidos; en 2008 bailó con el Trocadero por 13 años, una compañía de ballet y parodia muy reconocida a nivel mundial. Visitó 38 países y se presentó en los teatros más emblemáticos como el Kennedy Center en Washington o el Chatelet de París; también disfrutaron de su magia en el Bunkamura de Tokio y en el Victoria Center de Melbourne. Nunca estuvo en el Bolshói, pero le quedó grabada una frase de Mikhail Baryshnikov -el mejor de todos los tiempos, algo así como el Pelé del ballet-: “los bailarines se hacen, no nacen”. A Giovanni le tocó hacerse con mucho esfuerzo, y lo logró. Quise dedicar estas palabras escritas desde el corazón, a dos grandes amigos. Los quiero y admiro; se ganaron mi respeto por sus maquetas artísticas y su talento; también mi aprecio por su sensibilidad hacia los demás seres humanos, reflejada en sus obras sociales. Las grandes revistas del mundo hablan de ellos y de sus virtudes como profesionales. Yo no me quería quedar atrás, porque para mí serán por siempre: Messi y Baryshnikov.

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