El urbanista y académico Carlos Moreno ha puntualizado que este derecho, tan sencillo en apariencia, solo se hace efectivo cuando las personas pueden vivir en una ciudad que les garantice el acceso apacible y seguro a seis funciones esenciales: vivienda, trabajo, compras, educación, salud y ocio. Su planteamiento se fundamenta en el respeto por el tiempo vital de los ciudadanos, principio que lo llevó a plantear el concepto de “ciudades de quince minutos”, hoy acogido por la Nueva Agenda Urbana de ONU-Hábitat como estrategia para el desarrollo sostenible.
Desde su formulación, este modelo se ha venido implementando con éxito en París, Barcelona, Melbourne, Vancouver y Shanghái. También debiera inspirar a las urbes latinoamericanas, pese a las dificultades derivadas de la anarquía que ha predominado en su expansión.
Como bien lo afirma Moreno, tunjano radicado en Francia: “No se trata de acondicionar la ciudad, sino de acondicionar la vida urbana. Hay que realizar una transformación del espacio, ahora casi exclusivamente monofuncional, con un centro y sus diferentes áreas particulares, hacia una ciudad policéntrica, basada en cuatro aspectos fundamentales: la proximidad, la mezcla, la densidad y la ubicuidad”.
Estas consideraciones resultan pertinentes para el área metropolitana de Bucaramanga, cuyo crecimiento desordenado ha acentuado las desigualdades y debilitado el sentido de pertenencia. Cuanto más extensa es una ciudad, más se amplían las brechas sociales: los sectores de mayor poder económico tienden a concentrarse en zonas homogéneas, mientras los barrios periféricos permanecen desatendidos.
Ahora que se avecina la elección de un nuevo alcalde para Bucaramanga y la revisión de los planes de ordenamiento territorial de los municipios conurbados. Sería deseable que, más allá de las estrategias personales y los cálculos políticos, se viva un debate serio sobre el modelo de ciudad que queremos construir.
Una Bucaramanga donde no existan dos realidades —la ciudad en la que trabajamos y aquella en la que dormimos—, sino un entorno que ofrezca bienestar, cercanía y equilibrio.
Procurar acciones para garantizar la proximidad de los recursos urbanos, esto es, que tiendas, escuelas, parques, centros de salud y lugares de trabajo sean accesibles a pie o en bicicleta; fomentar la densidad poblacional que facilite la adopción de un sistema de movilidad eficiente y la mejor oferta de servicios públicos; habilitar andenes y fomentar la movilidad peatonal y ciclista; multiplicar los espacios verdes y de encuentro ciudadano como herramienta de promoción de la integración social y el sentido de comunidad; adoptar la cultura del reciclaje y el uso progresivo de energías renovables, son acciones perfectamente abordables. Solo así podremos ejercer nuestro derecho a la ciudad: el de habitarla con dignidad, equidad y armonía.












