Colombia vuelve a estremecerse. El pasado 31 de octubre un joven perdió su vida en medio de una riña que, como tantas otras, comenzó con una ofensa y terminó con una tragedia.
Otra vida apagada por “culpa” de la violencia, una familia destrozada, vuelta mierda.
Buscamos culpables visibles: la rabia, el alcohol, la noche, las drogas, los “amigos”. Pero debajo de todo esto hay algo más profundo: una enfermedad emocional colectiva. Una incapacidad de gestionar el dolor, de tolerar la frustración, de contener la furia. Nos volvimos emocionalmente analfabetas, incapaces de nombrar lo que sentimos y de detenernos antes de cruzar la línea.
Vivimos en un país donde la violencia ya no sorprende, donde matar se ha vuelto una manera de desahogarse, donde la vida ha perdido valor. Eso también es un síntoma y es el síntoma de una sociedad mentalmente enferma, que no llora, que no habla, que no sana, que no perdona.
La salud mental no es individual: es un reflejo de lo que somos como sociedad. Y hoy, como sociedad, estamos profundamente dañados.
Cuando un grupo de jóvenes golpea hasta matar, no solo hay un asesino y una víctima. Hay generaciones enteras fallando. Familias que nunca aprendieron a gestionar la ira, que no enseñaron empatía, que normalizaron el odio.
He perdido hijos. Sé lo que significa que la vida se parta en dos. Sé lo que es el silencio que deja la muerte, ese vacío que no se llena con nada. Por eso, ver cómo seguimos repitiendo la historia del dolor me resulta insoportable y me duele demasiado. No hay golpe más duro que la pérdida de un hijo, y sin embargo seguimos golpeando hasta matar, como si no entendiéramos el valor sagrado de una vida.
Seguimos tratando la violencia como un problema judicial, cuando en realidad es un síntoma clínico y social. Ningún castigo cura. Solo posterga el siguiente estallido.
Nos estamos desbordando. La rabia se hereda, el dolor se contagia, la indiferencia se multiplica. Y cada golpe, cada muerte, cada video que circula en redes, nos recuerda lo poco que hemos aprendido sobre lo que significa SER humanos.
Quizá el mayor acto de violencia no fue el golpe final, sino todo lo que pasó antes: la crianza sin contención, sin límites, sin amor, sin afecto, familias donde nadie escucha a nadie, pero sobre todo el ausentismo en el hogar.
Y eso —más que cualquier arma— es lo que nos está matando.
Porque al final, la violencia no se origina en la calle…se origina mucho más atrás… en el hogar.
Recuerda que nadie puede dar, de lo que no tiene.
Bienvenidos a la clínica del alma, bienvenidos a RENACER.











