Publicidad

Columnistas
Martes 11 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

Diálogo en tiempos de crisis (II)

Compartir

Aunque el objetivo ideal —que no es utópico— es alcanzar el diálogo verdadero, orientado a la transformación estructural y la justicia, y para llegar hasta esas distancias hay que transitar por el diálogo auténtico, que reconstruye confianza y tejido social, la realidad es que la mayoría de los espacios de conversación se quedan estancados en el diálogo abierto, que lejos de ser irrelevante, es la columna central de diálogos más avanzados.

En la columna anterior reflexionamos sobre la ilusión de que sentarse a una mesa garantiza soluciones. Explicamos que el diálogo abierto, aunque indispensable como punto de partida, no es suficiente para transformar la realidad. Cumplir las formas —convocar actores, definir agendas, abrir espacios— no asegura la calidad ni la sinceridad del intercambio. Señalamos sus barreras invisibles: exclusión indirecta, desconfianza histórica y uso estratégico para dilatar decisiones. Concluimos que, sin autenticidad y apertura al cambio, el diálogo se convierte en un cascarón vacío.

El diálogo abierto es la condición estructural y el punto de partida cuando cumple con los requisitos formales: inclusividad de actores relevantes, transparencia en la agenda y ausencia de temas vetados y logra ser el escenario físico y legal que garantiza que la palabra circule. Pero cumplir las formas no asegura la profundidad ni la calidad del intercambio, porque existe el riesgo de convertirlo en diálogo aparente al chocar con las barreras invisibles que vacían su contenido.

Las barreras estructurales son las primeras: exclusión indirecta de actores que, aunque invitados, no tienen voz real; agendas rígidas que impiden abordar causas profundas; lenguaje técnico que excluye a la comunidad. A ellas se suman las barreras culturales, como la desconfianza histórica entre instituciones y ciudadanía, la estigmatización de líderes sociales y el miedo a represalias por participar. Finalmente, están las barreras estratégicas, cuando el diálogo se usa como táctica dilatoria o legitimadora, convirtiendo las mesas en rituales para ganar tiempo o simular participación.

Estas barreras se combinan con las falacias del diálogo aparente, donde la conversación se reduce a un espectáculo político o a un mecanismo para anestesiar la protesta, sin intención genuina de comprender ni transformar. El resultado es la parálisis: las partes se encierran en monólogos repetitivos, sin apertura ni fisuras, imposibilitando cualquier avance real. Las falacias que matan la verdad son la del ritual, inclusión simbólica, transparencia formal, dilación estratégica, consenso ficticio, neutralidad técnica, participación anestésica y equilibrio aparente.

Superar este estancamiento exige que el diálogo no se limite a la dimensión formal, sino que avance hacia la actitudinal: autenticidad, buena fe y apertura al cambio construyendo confianza y preparando el terreno para el diálogo verdadero, que traduce la palabra en acción vinculante y justicia social.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día